Hace poco más de 20 años un médico general me advirtió que probablemente estaría enferma de la tiroides. Sugirió que visitara a un endocrinólogo y propuso hacerme unos estudios para ir adelantando.
Hace poco más de 20 años nunca había escuchado que alguien padeciera hipotiroidismo o hipertiroidismo; hace poco más de 20 años no conocía ningún endocrinólogo y no tenía idea de dónde buscar.
Hace poco más de 20 años empecé a investigar y descubrí un pretexto maravilloso: subí de 60 a poco más de 90 en menos de 365 días y llegué a los 134 kilos apenas un poco después de que empecé a vivir con Humberto... y empecé a vivir con Humberto hace poco menos de 20 años.
La tiroides me dio el pretexto perfecto: subo de peso, porque padezco hipotiroidismo y mi metabolismo es lento, muy lento. Además, padezco depresión y ansiedad porque la tiroides, esa pequeña mariposa en la base del cuello, me pone el pie con las emociones, porque eso también lo regula la glándula esa.
Fue la zona de confort perfecta: no me muevo, no me esfuerzo, no atiendo, porque todo está en mis glándulas, yo no tengo la culpa.
El hecho es que todo era una suposición, ni siquiera me había hecho los análisis y ya estaba segura de que eso era lo que yo padecía... ¿cómo podía equivocarse el médico general que me había visto dos veces?
Incluso antes de tener un diagnóstico, algún día me harté y fui con una nutrióloga. La báscula se movía hacia abajo con naturalidad... de 100 a 70 en pocos meses. Hasta que dejó de moverse hacia abajo y comenzó a subir. Dejé la dieta, hice trampa, y culpé de todo a la tiroides.
Eché por la borda mi trabajo, casi eché a perder mi relación de pareja... y todo fue culpa de la tiroides. Incluso sin tener la certeza de mi padecimiento, lo instalé en mí como parte de mi sangre y le atribuí todos los males de mi vida.
Golpe al páncreas
La primera vez que alguien me confirmó que padecía de la tiroides me hicieron un escaneo completo del cuerpo. El médico me dijo que mi tiroides tenía problemas y que, además, la zona de mi páncreas y mi hígado estaba inflamada. Me sugirió empezar un tratamiento para ambos problemas y me advirtió: hay que tener cuidado con la zona del hepática, porque puede transformarse en cáncer. Acudí a tres citas más. No era para bajar de peso, sino para recuperar la salud, me dijo el médico entonces.
Poco tiempo después mi papá fue diagnosticado con cáncer de páncreas y yo dejé de ir al médico. No era tiempo para ponerse valiente y empezar a bajar de peso. Era absolutamente necesario mantener el escudo y la guarida de grasa. Y lo mantuve tanto como fue preciso... y más allá.
Si seguía gorda, pues era la tiroides, ¿no? Y si perdía los estribos, pues era la tiroides... y mi papá. Perfecto.
Así, pues, más comida, más rápido... Total, tenía pretexto... Hasta que dejé de tenerlo.
Ansiosita
A la enfermedad de mi papá, probablemente a los últimos meses de mi papá, se sumó un dolor de espalda de mi marido, casi incapacitante, además de una pésima relación con mi jefe inmediato superior.
Es de suponer que yo no podía controlar la enfermedad de mi papá ni el dolor de mi marido, pero la relación con mi jefe... Tampoco. Mi tiroides... y su temperamento... yo, soy inocente, como siempre.
En ese panorama, atendiendo a mi marido y acudiendo a mi trabajo, resolví la comida comprando comida china: un kilo de arroz frito con res, bueno para dos días de alimentación... A menos que no puedas parar de comer y te des cuenta cuando quedan dos granos de arroz en el fondo del bote... Y quieras seguir comiendo.
Din, din, din... se prendió la luz...
Duelo
Al día siguiente de la cremación de mi papá me levanté antes de que amaneciera y fui a correr al parque. No pude llorar en mi casa. Empecé a correr para sacar el dolor, cada vez más profundo, de la pérdida. Correr, pero no dejar de comer... no parecía importar el esfuerzo, no parecía dar resultados. Y cuando parecía empezar a funcionar, no vaya a ser que funcione, empecé a comer más y peor.
Sigo enferma de la tiroides, ¿no? Además me duele la muerte de mi papá.
A mi duelo, se sumó el de mi marido y mi forma de lidiar con él: más comida, menos ejercicio. Más grasa, más ansiedad...
Hasta que el duelo dejó de ser pretexto, pero, después de todo, sigo enferma de la tiroides, ¿no?
Despertar
La ventaja de la noche, es que está en silencio y puedes pensar mejor; además hay pocos distractores y no puedes huir de ti. También está el hecho de que a la oscuridad le sigue la luz.
El malestar de mi marido me dejó un alza de presión y más ansiedad, además de la conciencia de que no tengo ganas de caer muerta como fulminada.
Un médico especialista fue el primer paso: medicina adecuada, seguir la dieta y atender el sonido de mi corazón.
Cómo a cuándo exactamente, no lo sé; pero sé que empecé a tener conciencia de lo que hacía falta para estar bien y que no era viajando en círculos como iba a encontrar el camino.
El trabajo físico, el trabajo espiritual y el trabajo emocional empezaron a actuar en conjunto.
No sé cuánto tiempo llevo en este camino, pero no empezó ayer. No sé cuánto he bajado de peso, pero no busco un número en la báscula.
Por primera vez entiendo la utilidad del escudo de grasa que construí a mi alrededor y por primera vez sé que, además de protegerme, mi abdomen me dio un hogar donde ocultarme.
Este viaje no va afuera, este viaje va al centro. He salido y regresado muchas veces de mi zona de confort, así que por primera vez no temo tropezarme. Sólo espero llegar y encontrar aquello que perdí hace no sé cuánto ni en dónde... aunque esos datos son lo de menos,,,
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