martes, 13 de octubre de 2015

Bota y bota y no es pelota

Subir de peso no es tan fácil como parece. Total, que si todo fuera comer y reposar, cualquiera lo haría.

Cada kilo de más está compuesto de mil dolores, angustias, abandonos, abusos y autocompasión.

Se empieza de muy pequeño y se descubre de qué manera la comida da un poco de alivio. El cuerpo recibe un poco de comida que le agrada y libera neurotransmisores que le indican que está bien, que la comida conforta... Sólo que cada vez hace falta más comida para confortarse y cada vez aumentan los dolores, porque un dolor no es un dolor: cada nueva herida es un eslabón en una enorme cadena que no sólo aumenta de tamaño, sino que cada vez pesa más.

Así, uno va construyendo una pared tras otra de grasa para protegerse y rebotar en el mundo, sin que duela (tanto).


Ese tejido adiposo, además, le permite a uno pegarse a los otros que llegan a la vida de uno. También nos dan la apariencia de un oso de peluche que no puede hacerle daño a nadie. Es un estereotipo: los gordos son felices, son sanos, no se enojan, todo se les resbala. Nada más falso.

¿Cómo se puede ser inmune a las críticas externas, pero, sobre todo, a las internas?, ¿cómo se puede ser feliz si en cada bocado se ahogan las lágrimas? Comer en exceso es como beber en exceso y es muy difícil darse cuenta de qué está ocultando la comida y los kilos.

Y además hay que encontrarse en el camino a aquellos que creen que todo lo saben y lanzan consignas o sentencias. Como el director de la editorial aquella que me dijo que se arrepentía de contratarme porque debió saber que mi sobrepeso era señal de que no sabía trabajar. Además de que era evidente que no sabía controlar mi hormonas.

La contra es que bajar de peso no es tan sencillo como parece. No sólo porque bajar de peso de hecho es difícil: dieta, ejercicio, médico, cambio de estilo de vida, sino porque cada kilo de menos expone cada vez más las carencias.

Me explico: cada vez que la báscula se mueve a la izquierda, es como quitar un trozo de tela de los ojos y ver más claramente quién soy. Quitar el exceso no es como pelar una cebolla, porque no puedo cortarme la cabeza para retirar lo seco y lo que estorba y tampoco es mi intención picarme en trocitos y echarme a una sartén con aceite.

Para quitar el exceso, primero hay que saber con qué se sustituye el vacío. Para los pecados capitales, por ejemplo, existe una virtud que los sustituye. Y sí, antes me sabía todos los pecados capitales con su contraparte, pero hoy los olvidé (¡Qué casualidad, mira tú!)

Un proceso lento, que no puede hacerse con medicamentos ni dejando de escuchar: ¿qué requiero, qué estoy cambiando, cómo voy a cambiarlo y, sobre todo, cómo voy a hacer el cambio para recuperar el equilibrio? Más, todavía, ¿cómo voy a reconocer el equilibrio?

Lo bueno de todo esto, es que me alejé del editor aquel...

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