viernes, 11 de enero de 2013

A ritmo de can-can

Amo a mi perro, un mastín napolitano que, parado en sus patas traseras es de mi estatura (1.62 metros) y pesa 60 kilos, justo lo que yo debería de pesar.
Amar a Étrigan no me vuelve ciega: es un animal grande y puede ser peligroso; nos ha mordido a mi marido y a mí más de un par de veces, yo he salido bien librada, pero Humberto no. Su brazo derecho tiene unas cicatrices rojas y muy sobresalientes que le dejó el animalito en un berrinche.
Su pie, el derecho también, se infectó y se quedó mucho tiempo tan grande como un pambazo bien servido durante por lo menos dos meses gracias a que mi perro creyó que me defendía.
Personalmente tengo varias cicatrices en la mano izquierda (soy zurda), por meterme a defender a otra de mis perras.
Mis amigos no visitan la casa, porque le tienen miedo y hasta un vendedor ambulante me dijo un día que no entra al edificio "porque alguien tiene un perro grandote, y no vaya a ser, Seño".
De hecho, la raza de Étrigan era conocido, por los ejércitos romanos, como "devoradores de hombres". Las huestes del César enviaban a estos dulces animales de avanzada y su labor era morder las pantorrillas de los enemigos. El objetivo era que los soldados contrincantes se fueran desangrando y perdieran fuerza.
También los usaban para pelear contra tigres, leones y osos en el Coliseo... Sí, la raza de Étrigan tiene mala historia...

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Las historias de la jauría asesina son, por decir lo menos, ridículas, pero no porque los perros no vengan equipados para morder y desgarrar y hasta matar, sino porque es evidente que esos perros son como Étrigan: animales de casa (sí con "s") con dueños descuidados que  los dejan salir a la calle todo el día, sin supervisión, y después simplemente esperan a que regresen, si libran el paso de las grandes avenidas y la batalla con otros perros.

Esos perros suelen ser amistosos y, hasta eso, bastante simpáticos. Los puedes encontrar caminando de regreso a su casa con una mueca que parece sonrisa, la lengua de fuera y los ojos entrecerrados... como si evocaran las aventuras de su jornada de paseo... pero no todos son así.

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Hace unos años, leí en La Jornada que el marido de la alcaldesa de algún municipio de Veracruz murió en su casa, atacado por sus propios perros.
Los canes de marras eran tres rotweiller que vieron entrar una camioneta a su territorio y desconocieron al señor.
Era de madrugada, el hombre regresaba su hogar, en Coatzacoalcos y las mascotas, que todo mundo calificaba de amistosas, cumplieron con su trabajo: te huelo, te desconozco, defiendo a mi manada...
La mujer y el hijo del personaje no se explicaban qué pudo haber pasado y buscaban un veterinario que se encargara de los animales para no tener problemas.

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En uno de mis múltiples empleos (soy una veleta laboral) Carlos contaba todo el tiempo cuán maravillosas eran sus mascota, hasta que los animalitos atacaron a su hermano, por cierto, eran rotweiller.
Corrieron la misma suerte de los canes veracruzanos: un veterinario se encargó de ellos y los peló a rape.

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En noviembre de 2011, la prensa de Barcelona informó de una espantosa noticia: una pareja de indigentes fue asesinada por sus perros que, dulcemente, se los comieron.
 Un año antes, también en noviembre, la prensa de Mallorca informó que una jauría desbarató a cinco personas.

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En Australia, los dingos viven en una reserva especial, según el Cazador de Cocodrilos, aquel que fue muerto por el aguijón de una mantarraya (¿se llama aguijón?) -así es la naturaleza-, viven los dingos adorables cánidos que se ven bien bonitos todos juntos y hasta dan ganas de acariciarlos, hasta que te enteras que son unos auténticos devoradores de hombres... porque así son por naturaleza. Comen gente y no hay quien pueda con ellos, por eso mejor los encerraron en grandes extensiones de tierra y se dejaron de preocupar por sus hijos (no vaiga'ser que a alguien se le antoje acariciarlos).

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Algunas madres en Mixcoac también se dejaron de preocupar por sus hijos. En el parque que está en Eje 5 Sur y Revolución, a un lado de lo que antes era un Gigante, me asaltaron una vez. Eran tres jóvenes apenas más grandes que yo, que entonces tenía como 12 años y pocas pertenencias.
No llevaban pistola ni navaja, pero llevaban tres pit-bull y amenazaban con soltarlos si no les entregabas lo que llevaras en las manos.
Yo no me quise arriesgar, pero hubo alguien que sí.
Años después, cuando trabajaba en Excélsior, me buscó una amiga: a su novio lo habían atacado tres perros pit-bull en el mismo parque. Los llevaban tres muchachos que quisieron asaltar al hombre y soltaron a los perros cuando no les entregó sus pertenencias.

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No sé si hay o no jaurías asesinas en Iztapalapa.
No sé si hay o no bandas de delincuentes que asalten a las personas con perros.
No sé si hay o no rituales satánicos que impliquen que los animales lastimen a las personas.
Sí estoy convencida de que los animales presentados como asesinos no tienen maldita idea de a qué sabe la carne humana
Sí estoy convencida de que, si esos perros quisieran, podrían acabar con los huesos de la mano de cualquiera
Y también estoy convencida de que en el DF, Dingo es una especie extinta: era una tienda que estaba en Revolución, cerca de Ciudad Universitaria, y en realidad tenía la imagen de un pastor alemán en su propaganda.
Señor jefe de Gobierno, un favorcito, ¿y si mejor deja de hacer el ridículo bailando este ridículo can-can?

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