Tengo 44 años y dejé de creer en los Reyes hace 40 años.
Suena crudo, pero nunca me lo pareció. No necesité gastar miles de pesos en terapia para reponerme del golpe ni lloré porque alguien me rompió la ilusión. De hecho, no pensé en eso durante años, sino hasta que era adulta y entonces lo consideré un acto de amor.
Mi familia no tenía dinero cuando yo nací, la situación era tan desesperada, a veces, que mis papás gastaban dinero en mi leche y se quedaban sin más que para bolillos y coca-cola y de eso se alimentaban en el día.
Un hermano de mi papá pagó más de una vez la renta para que no los echaran de la casa y muchas veces me alimentaron en casa de mi abuela materna.
Mis papás trabajaron duro y la verdad es que no recuerdo cómo fueron mis primeros cuatro días de Reyes. Seguro que el primero pasó sin pena ni gloria, porque para ese entonces tendría menos de dos meses.
Recuerdo claramente mis primeros jardines de niños, uno en un mercado, el otro, del DIF en San Ángel, cerca de la UNAM, donde trabajaban mis papás.
Después llegué al kínder de la UNAM, una prestación para trabajadores que incluía regalos de reyes, que mis papás debían recoger en algún lado.
Tenía cuatro años y ya había aprendido a escribir, así que hice mi carta de reyes, debo haber pedido muñecas y cositas de niña.
Me trajeron dulces y un tente...
No lloré, tomé el juguete y empecé a usarlo, pero cuando pude le pregunté a mi papá si me había portado tan mal que no me habían traído nada de lo que quería.
No conocía entonces la palabra adecuada, pero estaba decepcionada... de mí, por no haber podido obtener de los reyes lo que pedí, mientras en casa de mi abuela, a unos metros de distancia, mis tíos menores jugaban con los juguetes que habían pedido...
Qué debo hacer, le dije a Panchavín, para que me traigan lo que pido, cómo debo portarme, qué hice mal esta vez...
Panchavín me miró serio: No te portaste mal, eres una hija excepcional, no hiciste nada mal... y no tuvo más remedio, supongo, que decirme la verdad: Nosotros no tenemos dinero, esto que te regalamos, no lo trajeron los reyes, a tu mamá y a mí nos dan unos vales que podemos cambiar por juguetes en el sindicato de la UNAM, y sólo podemos escoger entre lo que hay, no podemos pedir nada que no tengan en existencia.
Éste, finalizó, es nuestro secreto. No vayas a comentarlo con tus tíos ni con otros niños en la escuela, porque ellos sí creen en los reyes.
Fue mi primer complicidad con mis papás y me sentía soñada: yo era una niña inteligente que sabía más que todos los de la cuadra.. y también sabía cuánto amor había en cada regalo de reyes que me hacían mis papás.
Saber quiénes eran los reyes me dio un poder que nadie tenía: yo sabía algo que los demás no. Ése fue mi primer acercamiento con el poder que da tener conocimiento y me dio el gusto de jugar con los demás, que creían que había que protegerme o extorsionarme por ser la menor.
A los años, no he podido menos que agradecer a mis papás por tenerme esa confianza y por creer en mi inteligencia... claro que también he tenido que agradecer porque ellos solos se quitaron el poder de chantajearme con los reyes para que me portara bien.
Al final, si lo pienso bien, fue el mejor regalo que los reyes me hicieron en la vida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario