Llegábamos en bola a Puente Viejo, como una visita obligatoria cuando íbamos de vacaciones a Guadalajara.
Llegábamos a jugar con los balones, con la pera, jugábamos beisbol o nos dejábamos rodar por el pasto, desde la parte alta, donde estaba la casa, hasta la reja, en la parte más baja del terreno.
En bicicleta, corriendo, brincando o simplemente echados en la hierba, leyendo.
Ésa era mi favorita porque nunca fui buena para las actividades físicas.
En realidad nos divertíamos, pero nos molestábamos mutuamente...
Eso sí, cuidado con los extraños.
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Vivir en una ciudad con poco terreno y harta población no es fácil; todos creemos que somos los únicos con prisa, que estamos tan cansados que la gente debería levantarse a ofrecernos el asiento, que Dios debería abrir el flujo vial cual mar rojo ante nuestra sola presencia, y después abrir espacio en un sitio seguro y sin grúas o arañas para que nos podamos estacionar, sin estorbos ni franeleros ni parquímetros de preferencia.
Lo malo es que no funciona así, siempre habrá otros, muy cerca, con los cuales convivir en todo el trayecto de un lado al otro y en el propio destino. Y peor, aun en casa no será posible, jamás, estar completamente solos... pero somos canela fina y el de al lado siempre es molesto y siempre nos quejamos porque no nos entiende o porque no hace las cosas como queremos a la hora que queremos en el momento que lo queremos.
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En la Ciudad de México hay apariciones: cada día surgen carriles confinados nuevos, que obligan a los camiones, motocicletas y automóviles a compartir "su espacio".
Los conductores andan que no los calienta ni el sol porque cada vez tienen menos superficie de rodamiento: "Cómo cree, si ya éramos muchos y ahora esto. ¿A dónde quieren mandarnos?", me dijo muy ofendido un taxista.
No sé por qué se quejan tanto, si, de todas formas, el espacio que quitaron de las calles es el que utilizaban los conductores para estacionarse de manera indebida y de todas formas no lo tenían para rodar, porque era tierra muerta.
Ahora, los ciclistas tienen un espacio para circular, si los microbuses y los camiones los dejan y si no hay un despistado que se estacione allí, sólo para que en un segundo aparezcan los tránsitos a hacérsela sentir.
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Los ciclistas van tomando fuerza: en las empresas ahora hay espacios especiales para que estacionen las bicis, las calles van abriéndoles sitio y ya no tienen que andar haciendo malabares para circular, lo malo es que ahora sienten que todo mundo debe abrirse cuando vienen.
Circulan en sentido contrario, se meten al carril del metrobús y se avientan a los peatones... que, por cierto, también son parte de la fauna urbana.
Un ciclista me amenazó el otro día, mientras yo circulaba en mi carril, y él venía en sentido contrario. La calle estaba llena y el tránsito era una calamidad (estampa cotidiana), pero como no me abrí para dejarlo pasar, me recordó en florido lenguaje que el GDF está muy preocupado por impulsar el uso de la bici y amagó con rayarme la camioneta.
Convendría que los ciclistas recuerden que, en el reglamento de tránsito, por lo pronto, sus vehículos tienen el mismo peso específico que una moto, una camioneta, un auto compacto... y, por tanto, son responsables por los daños que causen en otro vehículo o por lastimar un peatón y, por cierto, si ocurre un accidente con ellos circulando en sentido contrario, son responsables del accidente... y nada mejor que cuidar la vida, creo yo.
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La vida no vale nada, parecen decir los peatones que buscan el momento de atravesarse corriendo por donde no deben, de aquellos que prefieren correr y ganarle al trole que usar el paso peatonal o de los que caminan por abajo de la banqueta, y el del carro que se espere...
Como peatones, somos capaces de tirarnos al drama y hacernos las víctimas si el del carro nos echa lámina, pero nos olvidamos con facilidad de que también hay reglas que se aplican a nosotros. Es más, preferimos hacer como que no vemos el semáforo peatonal antes que esperar 10 segundos o detenernos para que pasen los carros de la calle que tiene el siga... Sí, la canción de José Alfredo bien puede ser el himno favorito de los peatones, de los ciclistas, de los automovilistas, de los microbuseros y de los motociclistas...
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La cosa es que todos nos creemos especiales y podremos no llevarnos bien con el de al lado, pero si viene un elemento extraño y externo a alterar nuestro delicado equilibrio, que también pasa por nuestros pleitos y nuestras mentadas de madre y nuestras tocadas de pito, porque para hacer sonar el claxon tenemos la mano sueltita, ¿o no?
Y no importa cuanto tengamos en común con la especie de al lado, de todas formas encontramos la manera de hacerla sentir que nos disgusta, que nos cae mal y que nomás no queremos compartir con ella...
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De niña fui bastante berrinchudita... y estoy segura que todos tuvimos una etapa así. Como primos, podíamos no llevarnos bien y hasta hacernos feos, pero llegar Puente Viejo y encontrarnos a un niño que además de chiqueado y berrinchudo era ruso, ¡eso sí era el colmo!
Que nosotros fuéramos chillones y mal educados era una cosa, pero que ese extraño viniera con sus juguetes y su mamá consentidora y palabras que no entendíamos, a hacernos un drama y que nos regañaran por no tolerarlo, eso sí no se lo podíamos consentir a nadie.
Así que tomamos cartas en el asunto y le quitamos lo que más le gustaba: una combi de juguete... ¡La machina, la machina!, gritaba como alma en pena por todo el terreno mientras sus lágrimas güeras y sus rusos mocos le corrían por la cara...
Mi mamá (ay, las mamás) decidió poner orden y torturó a uno de nosotros, cuyo nombre me reservo pero no fui yo, hasta que confesó quién maquinó el plan y dónde estaba el chingado juguete.
Nos sentimos traicionados y molestos porque ahora volvía el chingado escuincle con su chingado juguete a dar lata.
Francamente, qué nos costaba dejarlo en paz y que jugara por allá, solo si quería, pero que viniera a quitarnos el espacio para que peleáramos, eso no se le puede tolerar a nadie. ¡Faltaba más!
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