Hellboy es mi personaje favorito... Ese demonio rojo, que fuma puro, bebe cerveza (le gusta la Tecate), dice malas palabras y usa una coleta estilo samurai me parece la neta.
Y me parece la neta porque creo que el bien no puede vivir en orfandad del mal y el mal no puede existir sin el bien.
Más allá del tan llevado y traído y manoseado ying y el yan, que es una representación gráfica de esto, creo que no podríamos distinguir una acción que nos conmueva el corazón si todos pasáramos la vida metiéndole el pie a los otros para hacerlos tropezar sólo por placer. Y una si así fuera, ese placer es una sensación que nos haría sentir bien, por lo cual se rompe la permanencia del mal por sí mismo.
Por lo que hace a ser bueno-bueno todo el tiempo, no creo que exista alguien así en el mundo. En todo caso, apelo a San Álvaro Carrillo (el héroe de Pinotepa), que bien dijo en su canción El lunar: "Si vieras qué terrible resulta la gente demasiado buena, como no comprenden, parece que perdonan, pero en el fondo siempre nos condenan". Y aun allí, en el acto de condenar sin comprender, está su maldad.
En materia de superhéroes, Superman es un ñoño, por lo menos lo era, porque con esas vueltas que dan los retorcidos escirtores para placer de sus lectores, uno nunca sabe en qué etapa de la vida emocional de los superhérores se encuentran ahora, pero en mis tiempos el chico de la ese al aire era bantante ñoñales. Incluso defendía al presidente de Estados Unidos sin reparar en gastos porque creía que era lo correcto. Boy scout, le decían... y sí, pasaba la vida reivindicando cada acción del gobierno de Estados Unidos, aun cuando fuera la muerte de seres humanos que esa nación consideraba enemigos.
Batman me cae gordo porque tiene dinero pero no sabe divertirse. Está amargado y no sabe reírse. No me importa que use su dinero en crear artefactos que pueden ser usados en el rescate de personas y el combate al crimen, si todo lo hace de malas y no tiene tiempo de sonreírle a la gente que rescata ni a la gente que trabaja con él.
En materia de la vida diaria, me da lástima la gente que no sabe reconocer sus errores. La gente que carece de autocrítica y cree que hace todo bien, incapaz de reconocer que nadie sino ella tiene la responsabilidad por lo que le pasa me produce un profundo sentimiento de lástima. ¿A dónde van a llegar si no son capaces de reconocer sus errores y corregirse? ¿Cuál es su destino, si no son capaces de ajustar el camino, porque parecen creer que el camino está trazado y no pueden cambiarlo o ajustarlo o reconstruirlo?
Me gusta Hellboy.Prefiero un héroe que ha venido a México a combatir al crimen organizado y que uno que ni siquiera conoce México y cree que el Guasón es El Criminal. Pero más que todo, me gusta un ser que sabe que debe lijarse los cuernos y que debe usar un rosario para refrenarse y que sabe que tiene en sus brazos las llaves para abrir las puertas del infierno pero prefiere no usarlas.
Me gusta Hellboy porque prefiero pensar que soy mala, más mala que la hermana mala de Cruela De Vil y me reprimo y me freno de andar por la vida rompiendo las vajjilas mías y las ajenas y porque en verdad trabajo para ser así, aunque a veces (la mayoría) no me sale.
Me gusta Hellboy y deseo que haya más como él, que saben de lo que son capaces, pero prefieren guardarse, y creo que a este país le hacen falta, definitivamente, más personas que se lijen los cuernos que aquellas que se la creen de veras que no hacen nada malo pero se la pasan cagando diablos.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
Exceso de equipaje
Algunos domingos mi primer parada matutina está en el panteón Jardín. Allí está enterrada mi abuela Trinidad, allí están enterrados los abuelos de mi marido; allí quedaron muchas mañanas de mi infancia, con el carro cargado de cubetas, escobas, herramientas de jardinería, mis papás y mi tía Magaly.
Entonces nosotros nos encargábamos de arreglar la tierra, de poner plantas, de regar y limpiar alrededor; también pasábamos brevemente a ver la tumba de la Tía Maclovia, cerca de una llave y aledaña a una jacaranda.
Muchas cosas han cambiado: hoy no cargamos el carro de cubetas, escobas y herramientas de jardinería, porque alguien más nos ayuda a mantener la tumba linda, hace mucho que no nos detenemos a regar la tumba de la Tía Maclovia y ahora visitamos la tumba de los abuelos maternos del Dr. Sty.
***
Cuando llegábamos al panteón, después de regar y arreglar, mi papá solía sentarse en una tumba aledaña y mirar con nostalgia la tierra donde reposan los restos de mi abuela, de su madre. Siempre me contaba alguna anécdota y me iba llenando de recuerdos: los de él y los míos.
Ahora las historias me las cuenta mi mamá: cómo se conocieron, cuánto tiempo convivió con mi abuela, las cosas que hacía para quedar bien con la futura suegra. Sigo llenándome de recuerdos y voy acomodándolos en una cajonera interior que regularmente se queda en paz y no hace mucho ruido.
***
En poco más de dos semanas se cumple un aniversario más de la muerte de mi papá. Él es la principal razón por la que seguimos yendo a la tumba de la abuela y esas visitas son el disparador: los cajones de los recuerdos brincan; salen rostros, risas, canciones, pasos, colores, olores, texturas que me han acompañado.
Mis abuelos maternos se vuelven a mirarme; Maquetita y Donluis me pueblan de frases y no termino de entender por qué no voy a darme una vuelta allí donde están; las caras de Vicente y Joaquín, sus risas, sus voces, sus bailes, me asaltan y le pregunto qué habrá sido de sus familias, de mis primos...
La casa de la bisabuela María y los extraños últimos meses de su vida, las posadas con procesión y rosarios, los huesos que acomodaba sin clemencia en su lugar...
Todos los días escucho a Panchavín saliendo por mi boca, a don Leonardo en una frase... Todos los día pienso en Lucio chico aunque sea un rato pequeño al día...
Mis queridos recientes: mi suegra y su sonrisa traviesa; Teresa y sus chistes; Ernesto y su calidez en su casa; Godofredo y su profunda voz; Estela y su eterno dolor. Hasta Rossana Gabriela aparece en algún momento del día en estos días locos llenos de lo que he ido recolectando
***
No sé por qué atesorar recuerdos, no sé si me hacen o me afirman o si los colecciono para llenarme de equipaje.
Un rabí me dijo un día que el alzheimer el la manera que tiene el alma de deshacerse de lo que no sirve. Aseguró que la gente que comienza a olvidar empieza a prepararse para irse, porque no se puede llegar al cielo con tanto peso en el espíritu.
Supongo que en un nivel espiritual esa explicación es un consuelo, pero no lo es para mí: no quiero olvidar, no quiero perder lo que me queda de mis queridos, no quiero que deje de brincar la cajonera cuando un acelerante los pone a tono para no dejarme ni a sol ni a sombra. No quisiera perderme en nada.
***
Ya no regamos la tumba de la Tía Maclovia, una señora que para mí siempre fue foto que disparaba las anécdotas de mi papá, pero apenas fuimos a buscarla: allí sigue la llave del agua y allí sigue la jacaranda, pero el lugar es una sombra de tierra; sin cruz, sin asomo de que alguien recuerda a una mujer que dejó marca en la vida de muchos, porque sus más cercanos la olvidaron y la dejaron perderse. A ella sólo le queda la jacaranda, bendita jacaranda, que puebla su espacio de color violeta.
La vegetación de la tumba de mi abuela es verde, muy verde. Le pedimos a Oliver que le ponga un poco de color y nos mostró una propuesta. Sí, definitivamente un poco de rojo le hará bien, le dará una nueva cara y dejará claro que seguimos allí, que no vamos a dejarla sola, porque esos recuerdos no merecen perder el color, no tienen por qué volverse a blanco y negro y porque pretendo dejárselos a todo aquel que quiera tomarlos... ¿Quién se apunta?
Entonces nosotros nos encargábamos de arreglar la tierra, de poner plantas, de regar y limpiar alrededor; también pasábamos brevemente a ver la tumba de la Tía Maclovia, cerca de una llave y aledaña a una jacaranda.
Muchas cosas han cambiado: hoy no cargamos el carro de cubetas, escobas y herramientas de jardinería, porque alguien más nos ayuda a mantener la tumba linda, hace mucho que no nos detenemos a regar la tumba de la Tía Maclovia y ahora visitamos la tumba de los abuelos maternos del Dr. Sty.
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Cuando llegábamos al panteón, después de regar y arreglar, mi papá solía sentarse en una tumba aledaña y mirar con nostalgia la tierra donde reposan los restos de mi abuela, de su madre. Siempre me contaba alguna anécdota y me iba llenando de recuerdos: los de él y los míos.
Ahora las historias me las cuenta mi mamá: cómo se conocieron, cuánto tiempo convivió con mi abuela, las cosas que hacía para quedar bien con la futura suegra. Sigo llenándome de recuerdos y voy acomodándolos en una cajonera interior que regularmente se queda en paz y no hace mucho ruido.
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En poco más de dos semanas se cumple un aniversario más de la muerte de mi papá. Él es la principal razón por la que seguimos yendo a la tumba de la abuela y esas visitas son el disparador: los cajones de los recuerdos brincan; salen rostros, risas, canciones, pasos, colores, olores, texturas que me han acompañado.
Mis abuelos maternos se vuelven a mirarme; Maquetita y Donluis me pueblan de frases y no termino de entender por qué no voy a darme una vuelta allí donde están; las caras de Vicente y Joaquín, sus risas, sus voces, sus bailes, me asaltan y le pregunto qué habrá sido de sus familias, de mis primos...
La casa de la bisabuela María y los extraños últimos meses de su vida, las posadas con procesión y rosarios, los huesos que acomodaba sin clemencia en su lugar...
Todos los días escucho a Panchavín saliendo por mi boca, a don Leonardo en una frase... Todos los día pienso en Lucio chico aunque sea un rato pequeño al día...
Mis queridos recientes: mi suegra y su sonrisa traviesa; Teresa y sus chistes; Ernesto y su calidez en su casa; Godofredo y su profunda voz; Estela y su eterno dolor. Hasta Rossana Gabriela aparece en algún momento del día en estos días locos llenos de lo que he ido recolectando
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No sé por qué atesorar recuerdos, no sé si me hacen o me afirman o si los colecciono para llenarme de equipaje.
Un rabí me dijo un día que el alzheimer el la manera que tiene el alma de deshacerse de lo que no sirve. Aseguró que la gente que comienza a olvidar empieza a prepararse para irse, porque no se puede llegar al cielo con tanto peso en el espíritu.
Supongo que en un nivel espiritual esa explicación es un consuelo, pero no lo es para mí: no quiero olvidar, no quiero perder lo que me queda de mis queridos, no quiero que deje de brincar la cajonera cuando un acelerante los pone a tono para no dejarme ni a sol ni a sombra. No quisiera perderme en nada.
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Ya no regamos la tumba de la Tía Maclovia, una señora que para mí siempre fue foto que disparaba las anécdotas de mi papá, pero apenas fuimos a buscarla: allí sigue la llave del agua y allí sigue la jacaranda, pero el lugar es una sombra de tierra; sin cruz, sin asomo de que alguien recuerda a una mujer que dejó marca en la vida de muchos, porque sus más cercanos la olvidaron y la dejaron perderse. A ella sólo le queda la jacaranda, bendita jacaranda, que puebla su espacio de color violeta.
La vegetación de la tumba de mi abuela es verde, muy verde. Le pedimos a Oliver que le ponga un poco de color y nos mostró una propuesta. Sí, definitivamente un poco de rojo le hará bien, le dará una nueva cara y dejará claro que seguimos allí, que no vamos a dejarla sola, porque esos recuerdos no merecen perder el color, no tienen por qué volverse a blanco y negro y porque pretendo dejárselos a todo aquel que quiera tomarlos... ¿Quién se apunta?
domingo, 17 de marzo de 2013
Abracemos a Pepe
He de confesar que entre todas mis peculiaridades, de niña tenía tendencias suicidas: mil veces intenté acabar conmigo yéndome por el caño, literalmente.
En casa de mi abuela Enriqueta, donde pasé muchas horas, también hice gala de mi temperamento e insistía en entrar sola al sanitario y encerrarme con seguro, aunque invariablemente caía en la taza como en una trampa y sólo me quedaban fuera los brazos, las piernas y la cabeza, para gritar como cerdo en el matadero y moverme de manera ridícula.
De este trance me sacaban, invariablemente, Pepe y Gonzalo, hermanos de mi mamá.
Para ponerme a salvo de mí misma, las más de las veces tenían que zafar el vidrio de la ventana, para abrir el marco de la ventana y saltar las macetas para entrar en el sanitario y rescatarme, abriendo, después, desde adentro la puerta.
Una vez afuera, me consolaban, me limpiaban los mocos y me enjugaban las lágrimas mientras mi abuela me regañaba y vociferaba por mi necedad.
Aun ahora, cuando veo a Gonzalo o a Pepe, el afecto, el cariño que siento por mis dos héroes me sale por los ojos.
***
Además de la genética, comparto con Pepe una seña particular, que le dicen: una cicatriz en la mejilla izquierda.
La mía apareció en la infancia, en el kínder, cuando me corté con un pedazo de lata por andar dando ídem con los niños que no me dejaban jugar con ellos.
La de Pepe apareció cuando se atravesó en el trayecto de un palo de piñata que se partió en dos cuando un adolescente impetuoso le pegó a la estrella de siete picos. Un extremo se quedó en manos del adolescente y el otro extremo, peligrosamente afilado, recorrió a parte de la concurrencia, y se clavó exactamente en la mejilla de Pepe.
Me parece que olvidé decir que el adolescente impetuoso se llamaba Salvador y muchos años después de este suceso se volvería mi papá.
La cicatriz se quedó para siempre en la cara de Pepe y también una especie de lazo especial entre mi papá y mi tío.
***
Pepe no sólo me salvó cuando me sacó del baño mil veces, también me salvó cuando dibujaba a escala por mí, para mis trabajos escolares, o cuando dedicaba horas y horas a explicarme las operaciones matemáticas más complicadas.
Ecuaciones de segundo grado, algoritmos y otras delicias crearon otro fuerte vínculo con el hermano de mi mamá.
No porque mi cerebro acabara comprendiendo la complejidad de las ecuaciones de segundo grado, sino por la infinita paciencia de mi querido tío... Después de todo, ya había demostrado que estaría allí, sin importar cuán apestosa fuera la situación.
***
Hace dieciocho años, cuando Sty y yo empezamos a compartir la vida, sólo mis papás y Pepe se alegraron.
Olga y Pepe incluso nos regalaron el primer juego de cubiertos que tuvimos en casa (y en la mayoría de edad de la vida de pareja, todavía están por allí, completos, los cubiertos).
***
El caso es que Pepe, José Luis o Pepín Mangüé, como le decía mi papá, cumple 60 años el martes, y, dada la esperanza de vida en nuestros tiempos, no tendría ningún mérito, si no fuera porque Pepe, querido Pepe, recién salió de un cáncer de tiroides muy agresivo, que incluso ser había extendido a la tráquea, al oído y amenazaba con hacer metástasis a los pulmones y al cerebro.
Porque Dios es grande y cuida de lo pequeño y gracias a la ciencia y a los doctores, Pepe está aquí, es sobreviviente...
Francamente creo que no podría ser de otra manera, es tan bueno, que merecemos que Pepe se quede por acá un rato más para compartirnos de su amor y para que ahora nosotros, estemos allí para salvarlo si él lo pide.
Yo, por lo menos, estoy más que apuntada en primera fila.
Feliz cumpleaños, Pepín Mangüé.
sábado, 9 de marzo de 2013
Canela fina...
Llegábamos en bola a Puente Viejo, como una visita obligatoria cuando íbamos de vacaciones a Guadalajara.
Llegábamos a jugar con los balones, con la pera, jugábamos beisbol o nos dejábamos rodar por el pasto, desde la parte alta, donde estaba la casa, hasta la reja, en la parte más baja del terreno.
En bicicleta, corriendo, brincando o simplemente echados en la hierba, leyendo.
Ésa era mi favorita porque nunca fui buena para las actividades físicas.
En realidad nos divertíamos, pero nos molestábamos mutuamente...
Eso sí, cuidado con los extraños.
***
Vivir en una ciudad con poco terreno y harta población no es fácil; todos creemos que somos los únicos con prisa, que estamos tan cansados que la gente debería levantarse a ofrecernos el asiento, que Dios debería abrir el flujo vial cual mar rojo ante nuestra sola presencia, y después abrir espacio en un sitio seguro y sin grúas o arañas para que nos podamos estacionar, sin estorbos ni franeleros ni parquímetros de preferencia.
Lo malo es que no funciona así, siempre habrá otros, muy cerca, con los cuales convivir en todo el trayecto de un lado al otro y en el propio destino. Y peor, aun en casa no será posible, jamás, estar completamente solos... pero somos canela fina y el de al lado siempre es molesto y siempre nos quejamos porque no nos entiende o porque no hace las cosas como queremos a la hora que queremos en el momento que lo queremos.
***
En la Ciudad de México hay apariciones: cada día surgen carriles confinados nuevos, que obligan a los camiones, motocicletas y automóviles a compartir "su espacio".
Los conductores andan que no los calienta ni el sol porque cada vez tienen menos superficie de rodamiento: "Cómo cree, si ya éramos muchos y ahora esto. ¿A dónde quieren mandarnos?", me dijo muy ofendido un taxista.
No sé por qué se quejan tanto, si, de todas formas, el espacio que quitaron de las calles es el que utilizaban los conductores para estacionarse de manera indebida y de todas formas no lo tenían para rodar, porque era tierra muerta.
Ahora, los ciclistas tienen un espacio para circular, si los microbuses y los camiones los dejan y si no hay un despistado que se estacione allí, sólo para que en un segundo aparezcan los tránsitos a hacérsela sentir.
***
Los ciclistas van tomando fuerza: en las empresas ahora hay espacios especiales para que estacionen las bicis, las calles van abriéndoles sitio y ya no tienen que andar haciendo malabares para circular, lo malo es que ahora sienten que todo mundo debe abrirse cuando vienen.
Circulan en sentido contrario, se meten al carril del metrobús y se avientan a los peatones... que, por cierto, también son parte de la fauna urbana.
Un ciclista me amenazó el otro día, mientras yo circulaba en mi carril, y él venía en sentido contrario. La calle estaba llena y el tránsito era una calamidad (estampa cotidiana), pero como no me abrí para dejarlo pasar, me recordó en florido lenguaje que el GDF está muy preocupado por impulsar el uso de la bici y amagó con rayarme la camioneta.
Convendría que los ciclistas recuerden que, en el reglamento de tránsito, por lo pronto, sus vehículos tienen el mismo peso específico que una moto, una camioneta, un auto compacto... y, por tanto, son responsables por los daños que causen en otro vehículo o por lastimar un peatón y, por cierto, si ocurre un accidente con ellos circulando en sentido contrario, son responsables del accidente... y nada mejor que cuidar la vida, creo yo.
***
La vida no vale nada, parecen decir los peatones que buscan el momento de atravesarse corriendo por donde no deben, de aquellos que prefieren correr y ganarle al trole que usar el paso peatonal o de los que caminan por abajo de la banqueta, y el del carro que se espere...
Como peatones, somos capaces de tirarnos al drama y hacernos las víctimas si el del carro nos echa lámina, pero nos olvidamos con facilidad de que también hay reglas que se aplican a nosotros. Es más, preferimos hacer como que no vemos el semáforo peatonal antes que esperar 10 segundos o detenernos para que pasen los carros de la calle que tiene el siga... Sí, la canción de José Alfredo bien puede ser el himno favorito de los peatones, de los ciclistas, de los automovilistas, de los microbuseros y de los motociclistas...
***
La cosa es que todos nos creemos especiales y podremos no llevarnos bien con el de al lado, pero si viene un elemento extraño y externo a alterar nuestro delicado equilibrio, que también pasa por nuestros pleitos y nuestras mentadas de madre y nuestras tocadas de pito, porque para hacer sonar el claxon tenemos la mano sueltita, ¿o no?
Y no importa cuanto tengamos en común con la especie de al lado, de todas formas encontramos la manera de hacerla sentir que nos disgusta, que nos cae mal y que nomás no queremos compartir con ella...
***
De niña fui bastante berrinchudita... y estoy segura que todos tuvimos una etapa así. Como primos, podíamos no llevarnos bien y hasta hacernos feos, pero llegar Puente Viejo y encontrarnos a un niño que además de chiqueado y berrinchudo era ruso, ¡eso sí era el colmo!
Que nosotros fuéramos chillones y mal educados era una cosa, pero que ese extraño viniera con sus juguetes y su mamá consentidora y palabras que no entendíamos, a hacernos un drama y que nos regañaran por no tolerarlo, eso sí no se lo podíamos consentir a nadie.
Así que tomamos cartas en el asunto y le quitamos lo que más le gustaba: una combi de juguete... ¡La machina, la machina!, gritaba como alma en pena por todo el terreno mientras sus lágrimas güeras y sus rusos mocos le corrían por la cara...
Mi mamá (ay, las mamás) decidió poner orden y torturó a uno de nosotros, cuyo nombre me reservo pero no fui yo, hasta que confesó quién maquinó el plan y dónde estaba el chingado juguete.
Nos sentimos traicionados y molestos porque ahora volvía el chingado escuincle con su chingado juguete a dar lata.
Francamente, qué nos costaba dejarlo en paz y que jugara por allá, solo si quería, pero que viniera a quitarnos el espacio para que peleáramos, eso no se le puede tolerar a nadie. ¡Faltaba más!
Llegábamos a jugar con los balones, con la pera, jugábamos beisbol o nos dejábamos rodar por el pasto, desde la parte alta, donde estaba la casa, hasta la reja, en la parte más baja del terreno.
En bicicleta, corriendo, brincando o simplemente echados en la hierba, leyendo.
Ésa era mi favorita porque nunca fui buena para las actividades físicas.
En realidad nos divertíamos, pero nos molestábamos mutuamente...
Eso sí, cuidado con los extraños.
***
Vivir en una ciudad con poco terreno y harta población no es fácil; todos creemos que somos los únicos con prisa, que estamos tan cansados que la gente debería levantarse a ofrecernos el asiento, que Dios debería abrir el flujo vial cual mar rojo ante nuestra sola presencia, y después abrir espacio en un sitio seguro y sin grúas o arañas para que nos podamos estacionar, sin estorbos ni franeleros ni parquímetros de preferencia.
Lo malo es que no funciona así, siempre habrá otros, muy cerca, con los cuales convivir en todo el trayecto de un lado al otro y en el propio destino. Y peor, aun en casa no será posible, jamás, estar completamente solos... pero somos canela fina y el de al lado siempre es molesto y siempre nos quejamos porque no nos entiende o porque no hace las cosas como queremos a la hora que queremos en el momento que lo queremos.
***
En la Ciudad de México hay apariciones: cada día surgen carriles confinados nuevos, que obligan a los camiones, motocicletas y automóviles a compartir "su espacio".
Los conductores andan que no los calienta ni el sol porque cada vez tienen menos superficie de rodamiento: "Cómo cree, si ya éramos muchos y ahora esto. ¿A dónde quieren mandarnos?", me dijo muy ofendido un taxista.
No sé por qué se quejan tanto, si, de todas formas, el espacio que quitaron de las calles es el que utilizaban los conductores para estacionarse de manera indebida y de todas formas no lo tenían para rodar, porque era tierra muerta.
Ahora, los ciclistas tienen un espacio para circular, si los microbuses y los camiones los dejan y si no hay un despistado que se estacione allí, sólo para que en un segundo aparezcan los tránsitos a hacérsela sentir.
***
Los ciclistas van tomando fuerza: en las empresas ahora hay espacios especiales para que estacionen las bicis, las calles van abriéndoles sitio y ya no tienen que andar haciendo malabares para circular, lo malo es que ahora sienten que todo mundo debe abrirse cuando vienen.
Circulan en sentido contrario, se meten al carril del metrobús y se avientan a los peatones... que, por cierto, también son parte de la fauna urbana.
Un ciclista me amenazó el otro día, mientras yo circulaba en mi carril, y él venía en sentido contrario. La calle estaba llena y el tránsito era una calamidad (estampa cotidiana), pero como no me abrí para dejarlo pasar, me recordó en florido lenguaje que el GDF está muy preocupado por impulsar el uso de la bici y amagó con rayarme la camioneta.
Convendría que los ciclistas recuerden que, en el reglamento de tránsito, por lo pronto, sus vehículos tienen el mismo peso específico que una moto, una camioneta, un auto compacto... y, por tanto, son responsables por los daños que causen en otro vehículo o por lastimar un peatón y, por cierto, si ocurre un accidente con ellos circulando en sentido contrario, son responsables del accidente... y nada mejor que cuidar la vida, creo yo.
***
La vida no vale nada, parecen decir los peatones que buscan el momento de atravesarse corriendo por donde no deben, de aquellos que prefieren correr y ganarle al trole que usar el paso peatonal o de los que caminan por abajo de la banqueta, y el del carro que se espere...
Como peatones, somos capaces de tirarnos al drama y hacernos las víctimas si el del carro nos echa lámina, pero nos olvidamos con facilidad de que también hay reglas que se aplican a nosotros. Es más, preferimos hacer como que no vemos el semáforo peatonal antes que esperar 10 segundos o detenernos para que pasen los carros de la calle que tiene el siga... Sí, la canción de José Alfredo bien puede ser el himno favorito de los peatones, de los ciclistas, de los automovilistas, de los microbuseros y de los motociclistas...
***
La cosa es que todos nos creemos especiales y podremos no llevarnos bien con el de al lado, pero si viene un elemento extraño y externo a alterar nuestro delicado equilibrio, que también pasa por nuestros pleitos y nuestras mentadas de madre y nuestras tocadas de pito, porque para hacer sonar el claxon tenemos la mano sueltita, ¿o no?
Y no importa cuanto tengamos en común con la especie de al lado, de todas formas encontramos la manera de hacerla sentir que nos disgusta, que nos cae mal y que nomás no queremos compartir con ella...
***
De niña fui bastante berrinchudita... y estoy segura que todos tuvimos una etapa así. Como primos, podíamos no llevarnos bien y hasta hacernos feos, pero llegar Puente Viejo y encontrarnos a un niño que además de chiqueado y berrinchudo era ruso, ¡eso sí era el colmo!
Que nosotros fuéramos chillones y mal educados era una cosa, pero que ese extraño viniera con sus juguetes y su mamá consentidora y palabras que no entendíamos, a hacernos un drama y que nos regañaran por no tolerarlo, eso sí no se lo podíamos consentir a nadie.
Así que tomamos cartas en el asunto y le quitamos lo que más le gustaba: una combi de juguete... ¡La machina, la machina!, gritaba como alma en pena por todo el terreno mientras sus lágrimas güeras y sus rusos mocos le corrían por la cara...
Mi mamá (ay, las mamás) decidió poner orden y torturó a uno de nosotros, cuyo nombre me reservo pero no fui yo, hasta que confesó quién maquinó el plan y dónde estaba el chingado juguete.
Nos sentimos traicionados y molestos porque ahora volvía el chingado escuincle con su chingado juguete a dar lata.
Francamente, qué nos costaba dejarlo en paz y que jugara por allá, solo si quería, pero que viniera a quitarnos el espacio para que peleáramos, eso no se le puede tolerar a nadie. ¡Faltaba más!
viernes, 11 de enero de 2013
A ritmo de can-can
Amo a mi perro, un mastín napolitano que, parado en sus patas traseras es de mi estatura (1.62 metros) y pesa 60 kilos, justo lo que yo debería de pesar.
Amar a Étrigan no me vuelve ciega: es un animal grande y puede ser peligroso; nos ha mordido a mi marido y a mí más de un par de veces, yo he salido bien librada, pero Humberto no. Su brazo derecho tiene unas cicatrices rojas y muy sobresalientes que le dejó el animalito en un berrinche.
Su pie, el derecho también, se infectó y se quedó mucho tiempo tan grande como un pambazo bien servido durante por lo menos dos meses gracias a que mi perro creyó que me defendía.
Personalmente tengo varias cicatrices en la mano izquierda (soy zurda), por meterme a defender a otra de mis perras.
Mis amigos no visitan la casa, porque le tienen miedo y hasta un vendedor ambulante me dijo un día que no entra al edificio "porque alguien tiene un perro grandote, y no vaya a ser, Seño".
De hecho, la raza de Étrigan era conocido, por los ejércitos romanos, como "devoradores de hombres". Las huestes del César enviaban a estos dulces animales de avanzada y su labor era morder las pantorrillas de los enemigos. El objetivo era que los soldados contrincantes se fueran desangrando y perdieran fuerza.
También los usaban para pelear contra tigres, leones y osos en el Coliseo... Sí, la raza de Étrigan tiene mala historia...
***
Las historias de la jauría asesina son, por decir lo menos, ridículas, pero no porque los perros no vengan equipados para morder y desgarrar y hasta matar, sino porque es evidente que esos perros son como Étrigan: animales de casa (sí con "s") con dueños descuidados que los dejan salir a la calle todo el día, sin supervisión, y después simplemente esperan a que regresen, si libran el paso de las grandes avenidas y la batalla con otros perros.
Esos perros suelen ser amistosos y, hasta eso, bastante simpáticos. Los puedes encontrar caminando de regreso a su casa con una mueca que parece sonrisa, la lengua de fuera y los ojos entrecerrados... como si evocaran las aventuras de su jornada de paseo... pero no todos son así.
***
Hace unos años, leí en La Jornada que el marido de la alcaldesa de algún municipio de Veracruz murió en su casa, atacado por sus propios perros.
Los canes de marras eran tres rotweiller que vieron entrar una camioneta a su territorio y desconocieron al señor.
Era de madrugada, el hombre regresaba su hogar, en Coatzacoalcos y las mascotas, que todo mundo calificaba de amistosas, cumplieron con su trabajo: te huelo, te desconozco, defiendo a mi manada...
La mujer y el hijo del personaje no se explicaban qué pudo haber pasado y buscaban un veterinario que se encargara de los animales para no tener problemas.
***
En uno de mis múltiples empleos (soy una veleta laboral) Carlos contaba todo el tiempo cuán maravillosas eran sus mascota, hasta que los animalitos atacaron a su hermano, por cierto, eran rotweiller.
Corrieron la misma suerte de los canes veracruzanos: un veterinario se encargó de ellos y los peló a rape.
***
En noviembre de 2011, la prensa de Barcelona informó de una espantosa noticia: una pareja de indigentes fue asesinada por sus perros que, dulcemente, se los comieron.
Un año antes, también en noviembre, la prensa de Mallorca informó que una jauría desbarató a cinco personas.
***
En Australia, los dingos viven en una reserva especial, según el Cazador de Cocodrilos, aquel que fue muerto por el aguijón de una mantarraya (¿se llama aguijón?) -así es la naturaleza-, viven los dingos adorables cánidos que se ven bien bonitos todos juntos y hasta dan ganas de acariciarlos, hasta que te enteras que son unos auténticos devoradores de hombres... porque así son por naturaleza. Comen gente y no hay quien pueda con ellos, por eso mejor los encerraron en grandes extensiones de tierra y se dejaron de preocupar por sus hijos (no vaiga'ser que a alguien se le antoje acariciarlos).
***
Algunas madres en Mixcoac también se dejaron de preocupar por sus hijos. En el parque que está en Eje 5 Sur y Revolución, a un lado de lo que antes era un Gigante, me asaltaron una vez. Eran tres jóvenes apenas más grandes que yo, que entonces tenía como 12 años y pocas pertenencias.
No llevaban pistola ni navaja, pero llevaban tres pit-bull y amenazaban con soltarlos si no les entregabas lo que llevaras en las manos.
Yo no me quise arriesgar, pero hubo alguien que sí.
Años después, cuando trabajaba en Excélsior, me buscó una amiga: a su novio lo habían atacado tres perros pit-bull en el mismo parque. Los llevaban tres muchachos que quisieron asaltar al hombre y soltaron a los perros cuando no les entregó sus pertenencias.
***
No sé si hay o no jaurías asesinas en Iztapalapa.
No sé si hay o no bandas de delincuentes que asalten a las personas con perros.
No sé si hay o no rituales satánicos que impliquen que los animales lastimen a las personas.
Sí estoy convencida de que los animales presentados como asesinos no tienen maldita idea de a qué sabe la carne humana
Sí estoy convencida de que, si esos perros quisieran, podrían acabar con los huesos de la mano de cualquiera
Y también estoy convencida de que en el DF, Dingo es una especie extinta: era una tienda que estaba en Revolución, cerca de Ciudad Universitaria, y en realidad tenía la imagen de un pastor alemán en su propaganda.
Señor jefe de Gobierno, un favorcito, ¿y si mejor deja de hacer el ridículo bailando este ridículo can-can?
Amar a Étrigan no me vuelve ciega: es un animal grande y puede ser peligroso; nos ha mordido a mi marido y a mí más de un par de veces, yo he salido bien librada, pero Humberto no. Su brazo derecho tiene unas cicatrices rojas y muy sobresalientes que le dejó el animalito en un berrinche.
Su pie, el derecho también, se infectó y se quedó mucho tiempo tan grande como un pambazo bien servido durante por lo menos dos meses gracias a que mi perro creyó que me defendía.
Personalmente tengo varias cicatrices en la mano izquierda (soy zurda), por meterme a defender a otra de mis perras.
Mis amigos no visitan la casa, porque le tienen miedo y hasta un vendedor ambulante me dijo un día que no entra al edificio "porque alguien tiene un perro grandote, y no vaya a ser, Seño".
De hecho, la raza de Étrigan era conocido, por los ejércitos romanos, como "devoradores de hombres". Las huestes del César enviaban a estos dulces animales de avanzada y su labor era morder las pantorrillas de los enemigos. El objetivo era que los soldados contrincantes se fueran desangrando y perdieran fuerza.
También los usaban para pelear contra tigres, leones y osos en el Coliseo... Sí, la raza de Étrigan tiene mala historia...
***
Las historias de la jauría asesina son, por decir lo menos, ridículas, pero no porque los perros no vengan equipados para morder y desgarrar y hasta matar, sino porque es evidente que esos perros son como Étrigan: animales de casa (sí con "s") con dueños descuidados que los dejan salir a la calle todo el día, sin supervisión, y después simplemente esperan a que regresen, si libran el paso de las grandes avenidas y la batalla con otros perros.
Esos perros suelen ser amistosos y, hasta eso, bastante simpáticos. Los puedes encontrar caminando de regreso a su casa con una mueca que parece sonrisa, la lengua de fuera y los ojos entrecerrados... como si evocaran las aventuras de su jornada de paseo... pero no todos son así.
***
Hace unos años, leí en La Jornada que el marido de la alcaldesa de algún municipio de Veracruz murió en su casa, atacado por sus propios perros.
Los canes de marras eran tres rotweiller que vieron entrar una camioneta a su territorio y desconocieron al señor.
Era de madrugada, el hombre regresaba su hogar, en Coatzacoalcos y las mascotas, que todo mundo calificaba de amistosas, cumplieron con su trabajo: te huelo, te desconozco, defiendo a mi manada...
La mujer y el hijo del personaje no se explicaban qué pudo haber pasado y buscaban un veterinario que se encargara de los animales para no tener problemas.
***
En uno de mis múltiples empleos (soy una veleta laboral) Carlos contaba todo el tiempo cuán maravillosas eran sus mascota, hasta que los animalitos atacaron a su hermano, por cierto, eran rotweiller.
Corrieron la misma suerte de los canes veracruzanos: un veterinario se encargó de ellos y los peló a rape.
***
En noviembre de 2011, la prensa de Barcelona informó de una espantosa noticia: una pareja de indigentes fue asesinada por sus perros que, dulcemente, se los comieron.
Un año antes, también en noviembre, la prensa de Mallorca informó que una jauría desbarató a cinco personas.
***
En Australia, los dingos viven en una reserva especial, según el Cazador de Cocodrilos, aquel que fue muerto por el aguijón de una mantarraya (¿se llama aguijón?) -así es la naturaleza-, viven los dingos adorables cánidos que se ven bien bonitos todos juntos y hasta dan ganas de acariciarlos, hasta que te enteras que son unos auténticos devoradores de hombres... porque así son por naturaleza. Comen gente y no hay quien pueda con ellos, por eso mejor los encerraron en grandes extensiones de tierra y se dejaron de preocupar por sus hijos (no vaiga'ser que a alguien se le antoje acariciarlos).
***
Algunas madres en Mixcoac también se dejaron de preocupar por sus hijos. En el parque que está en Eje 5 Sur y Revolución, a un lado de lo que antes era un Gigante, me asaltaron una vez. Eran tres jóvenes apenas más grandes que yo, que entonces tenía como 12 años y pocas pertenencias.
No llevaban pistola ni navaja, pero llevaban tres pit-bull y amenazaban con soltarlos si no les entregabas lo que llevaras en las manos.
Yo no me quise arriesgar, pero hubo alguien que sí.
Años después, cuando trabajaba en Excélsior, me buscó una amiga: a su novio lo habían atacado tres perros pit-bull en el mismo parque. Los llevaban tres muchachos que quisieron asaltar al hombre y soltaron a los perros cuando no les entregó sus pertenencias.
***
No sé si hay o no jaurías asesinas en Iztapalapa.
No sé si hay o no bandas de delincuentes que asalten a las personas con perros.
No sé si hay o no rituales satánicos que impliquen que los animales lastimen a las personas.
Sí estoy convencida de que los animales presentados como asesinos no tienen maldita idea de a qué sabe la carne humana
Sí estoy convencida de que, si esos perros quisieran, podrían acabar con los huesos de la mano de cualquiera
Y también estoy convencida de que en el DF, Dingo es una especie extinta: era una tienda que estaba en Revolución, cerca de Ciudad Universitaria, y en realidad tenía la imagen de un pastor alemán en su propaganda.
Señor jefe de Gobierno, un favorcito, ¿y si mejor deja de hacer el ridículo bailando este ridículo can-can?
martes, 8 de enero de 2013
Mi regalo de Reyes
Tengo 44 años y dejé de creer en los Reyes hace 40 años.
Suena crudo, pero nunca me lo pareció. No necesité gastar miles de pesos en terapia para reponerme del golpe ni lloré porque alguien me rompió la ilusión. De hecho, no pensé en eso durante años, sino hasta que era adulta y entonces lo consideré un acto de amor.
Mi familia no tenía dinero cuando yo nací, la situación era tan desesperada, a veces, que mis papás gastaban dinero en mi leche y se quedaban sin más que para bolillos y coca-cola y de eso se alimentaban en el día.
Un hermano de mi papá pagó más de una vez la renta para que no los echaran de la casa y muchas veces me alimentaron en casa de mi abuela materna.
Mis papás trabajaron duro y la verdad es que no recuerdo cómo fueron mis primeros cuatro días de Reyes. Seguro que el primero pasó sin pena ni gloria, porque para ese entonces tendría menos de dos meses.
Recuerdo claramente mis primeros jardines de niños, uno en un mercado, el otro, del DIF en San Ángel, cerca de la UNAM, donde trabajaban mis papás.
Después llegué al kínder de la UNAM, una prestación para trabajadores que incluía regalos de reyes, que mis papás debían recoger en algún lado.
Tenía cuatro años y ya había aprendido a escribir, así que hice mi carta de reyes, debo haber pedido muñecas y cositas de niña.
Me trajeron dulces y un tente...
No lloré, tomé el juguete y empecé a usarlo, pero cuando pude le pregunté a mi papá si me había portado tan mal que no me habían traído nada de lo que quería.
No conocía entonces la palabra adecuada, pero estaba decepcionada... de mí, por no haber podido obtener de los reyes lo que pedí, mientras en casa de mi abuela, a unos metros de distancia, mis tíos menores jugaban con los juguetes que habían pedido...
Qué debo hacer, le dije a Panchavín, para que me traigan lo que pido, cómo debo portarme, qué hice mal esta vez...
Panchavín me miró serio: No te portaste mal, eres una hija excepcional, no hiciste nada mal... y no tuvo más remedio, supongo, que decirme la verdad: Nosotros no tenemos dinero, esto que te regalamos, no lo trajeron los reyes, a tu mamá y a mí nos dan unos vales que podemos cambiar por juguetes en el sindicato de la UNAM, y sólo podemos escoger entre lo que hay, no podemos pedir nada que no tengan en existencia.
Éste, finalizó, es nuestro secreto. No vayas a comentarlo con tus tíos ni con otros niños en la escuela, porque ellos sí creen en los reyes.
Fue mi primer complicidad con mis papás y me sentía soñada: yo era una niña inteligente que sabía más que todos los de la cuadra.. y también sabía cuánto amor había en cada regalo de reyes que me hacían mis papás.
Saber quiénes eran los reyes me dio un poder que nadie tenía: yo sabía algo que los demás no. Ése fue mi primer acercamiento con el poder que da tener conocimiento y me dio el gusto de jugar con los demás, que creían que había que protegerme o extorsionarme por ser la menor.
A los años, no he podido menos que agradecer a mis papás por tenerme esa confianza y por creer en mi inteligencia... claro que también he tenido que agradecer porque ellos solos se quitaron el poder de chantajearme con los reyes para que me portara bien.
Al final, si lo pienso bien, fue el mejor regalo que los reyes me hicieron en la vida.
Suena crudo, pero nunca me lo pareció. No necesité gastar miles de pesos en terapia para reponerme del golpe ni lloré porque alguien me rompió la ilusión. De hecho, no pensé en eso durante años, sino hasta que era adulta y entonces lo consideré un acto de amor.
Mi familia no tenía dinero cuando yo nací, la situación era tan desesperada, a veces, que mis papás gastaban dinero en mi leche y se quedaban sin más que para bolillos y coca-cola y de eso se alimentaban en el día.
Un hermano de mi papá pagó más de una vez la renta para que no los echaran de la casa y muchas veces me alimentaron en casa de mi abuela materna.
Mis papás trabajaron duro y la verdad es que no recuerdo cómo fueron mis primeros cuatro días de Reyes. Seguro que el primero pasó sin pena ni gloria, porque para ese entonces tendría menos de dos meses.
Recuerdo claramente mis primeros jardines de niños, uno en un mercado, el otro, del DIF en San Ángel, cerca de la UNAM, donde trabajaban mis papás.
Después llegué al kínder de la UNAM, una prestación para trabajadores que incluía regalos de reyes, que mis papás debían recoger en algún lado.
Tenía cuatro años y ya había aprendido a escribir, así que hice mi carta de reyes, debo haber pedido muñecas y cositas de niña.
Me trajeron dulces y un tente...
No lloré, tomé el juguete y empecé a usarlo, pero cuando pude le pregunté a mi papá si me había portado tan mal que no me habían traído nada de lo que quería.
No conocía entonces la palabra adecuada, pero estaba decepcionada... de mí, por no haber podido obtener de los reyes lo que pedí, mientras en casa de mi abuela, a unos metros de distancia, mis tíos menores jugaban con los juguetes que habían pedido...
Qué debo hacer, le dije a Panchavín, para que me traigan lo que pido, cómo debo portarme, qué hice mal esta vez...
Panchavín me miró serio: No te portaste mal, eres una hija excepcional, no hiciste nada mal... y no tuvo más remedio, supongo, que decirme la verdad: Nosotros no tenemos dinero, esto que te regalamos, no lo trajeron los reyes, a tu mamá y a mí nos dan unos vales que podemos cambiar por juguetes en el sindicato de la UNAM, y sólo podemos escoger entre lo que hay, no podemos pedir nada que no tengan en existencia.
Éste, finalizó, es nuestro secreto. No vayas a comentarlo con tus tíos ni con otros niños en la escuela, porque ellos sí creen en los reyes.
Fue mi primer complicidad con mis papás y me sentía soñada: yo era una niña inteligente que sabía más que todos los de la cuadra.. y también sabía cuánto amor había en cada regalo de reyes que me hacían mis papás.
Saber quiénes eran los reyes me dio un poder que nadie tenía: yo sabía algo que los demás no. Ése fue mi primer acercamiento con el poder que da tener conocimiento y me dio el gusto de jugar con los demás, que creían que había que protegerme o extorsionarme por ser la menor.
A los años, no he podido menos que agradecer a mis papás por tenerme esa confianza y por creer en mi inteligencia... claro que también he tenido que agradecer porque ellos solos se quitaron el poder de chantajearme con los reyes para que me portara bien.
Al final, si lo pienso bien, fue el mejor regalo que los reyes me hicieron en la vida.
miércoles, 2 de enero de 2013
Victoria, cantemos Victoria
Mal inicio de año me trajo la noticia de la muerte de mi querida Victoria Schussheim. Voy a extrañarla; así, plano, contundente, sin adornos ni dramas.
Por eso, por ella, por su solidaridad conmigo cuando dejé Excélsior, me permito poner acá el texto completo de la columna que le valió su salida de ese mismo diario.
«… Pero viera usted qué tal aberra él, el arzobispo primado de México, el del cabello milagrosamente ennegrecido por obra y gracia de L’Oreal, Norberto Rivera. “Aberrar”, que suena feísimo como verbo, sobre todo si uno lo conjuga (cosa que, según la Real Academia, tiene pleno derecho a hacer), quiere decir, simplemente, “Desviarse, extraviarse, apartarse de lo normal o usual”. Y “aberrante”, por lo tanto, no es algo tremendo, terrible, inspirado por el maligno, sino simplemente “diferente”. De modo que Newton, Galileo y Einstein eran “aberrantes”. Y Picasso, El Greco o Goya, por mencionar sólo algunos españolitos, también. Y Jesús… bueno, Jesús ni se diga. Él sí que se desvió de lo que era normal y usual en sus tiempos. Tanto que lo crucificaron.
«Y el que anda crucificando ahora, en nombre de lo que decidió que es “la” moral, y que escasamente, si acaso, tal vez sea “su” moral, es Rivera. Mire algunas de las cosas que dice: “Estas ‘uniones de facto’ o legaloides… son intrínsecamente inmorales. Falsos derechos”, afirma, frente a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de reconocer la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo.
«Tengo que repasar la Constitución. ¿No era éste un país laico? ¿Y “laico” no quería decir “Independiente de cualquier organización o confesión religiosa”? ¿Por qué entonces una organización religiosa ataca las decisiones de una de las tres ramas del gobierno? ¿Qué diríamos si el Dalai Lama opinase al respecto? ¿O, sin ir tan lejos, si lo hiciese un rabino mexicano, o hasta un evangelista?
«Y, sobre todo, ¿por qué dice tales sandeces a nombre de la propia institución a la que pertenece? ¿Cómo podemos aceptar que afirme que nuestro máximo tribunal efectúa “un ataque a la familia con ‘intereses oscuros’, que pretenden orillar al país ‘herido por la violencia y la descomposición social, a su ruina’?”.
«¡Mofles! Las bodas gay y las decapitaciones entre narcos al mismo nivel. Cosas veredes, Sancho.
«Y eso no es todo, qué va. Resulta que (como se habla de adopción) se trata de “conceder falsos derechos que, por si fuera poco, afectarán a niños inocentes, a quienes se les negará el derecho de tener un padre y una madre para su adecuado desarrollo moral y psico-afectivo” (el guión por cortesía del purpurado, o a lo mejor del periodista, sepa).
«Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Feamente. Al margen de que yo no soy quién para saber si el adecuado desarrollo moral y etcétera depende de tener un padre y una madre (tampoco creo que sea Rivera quien tenga al respecto la última palabra), resulta que en este bendito país nuestro un porcentaje in-men-so de la población no tiene padre. Casi literalmente. Por lo menos no padre conocido, ni padre que viva en contacto con sus hijos. O porque nunca dio la cara, o porque se largó, o porque tiene otra familia. O, si acaso, porque se fue de ilegal. Resulta entonces que toda esa gente, esos millones y millones de mexicanos, no han tenido el desarrollo moral y psicoafectivo correspondiente.
«Qué notable. ¿Cómo le habrá hecho el propio cardenal para desarrollarse tan bien en ausencia de padre? Porque el suyo, que se llamaba Ramón, se fue a Estados Unidos a trabajar para poder mantener a la familia. O al menos eso dice su ficha de Wikipedia (en inglés). ¿Hablará por la herida? ¿Será él también, pobrecito, alguien “herido por la violencia y la descomposición social”?»
No fue Rivera Carrera el único cardenal que acusó el golpe de la Corte. Lo hizo con más fiereza el arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez. No contento con descalificar la decisión del tribunal constitucional, se lanzó contra sus autores. Dijo que el jefe de Gobierno Marcelo Ebrard e ignorados “organismos internacionales” habían “maiceado” a los ministros para que se manifestaran como lo hicieron. El ponente en el procedimiento judicial, Sergio Valls, rechazó con rudeza la insinuación insidiosa del clérigo nacido en Yahualica, y en una suerte de voto de censura sus compañeros hicieron suyo el agravio y el rechazo. Pero no fueron más allá. En cambio, Marcelo Ebrard inició una acción civil contra el lenguaraz cardenal (y contra el vocero de Rivera Carrera, el sacerdote Hugo Valdemar que tuvo la desvergüenza de considerar que la reforma al Código Civil hace más daño a la sociedad que el narcotráfico).
Pero, con toda la gravedad del insulto que Sandoval Íñiguez asestó a los miembros de la Corte y al jefe del Gobierno del DF, afirmaciones del cardenal sobre el sector social directamente beneficiado con la reforma de marras son más dañinas y peligrosas. En tono desdeñoso, de mofa abierta, se refirió a “lesbianas y maricones”, y con criterio aldeano adivinó que los hijos adoptivos de personas pervertidas como son los homosexuales serán inexorablemente pervertidos como sus padres, porque los verán realizar “sus prácticas” y no sabrán a quién llamar mamá y a quién papá.
El torpe criterio así expuesto cae muy claramente en los supuestos de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación. La fracción XXVII de su artículo 9 establece claramente que “incitar al odio, violencia, rechazo, burla, difamación, injuria, persecución o la exclusión” es un acto discriminatorio. Por ello, el órgano encargado de aplicar esa ley, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, el Conapred, inició una investigación a partir de quejas recibidas al respecto.
No irá muy lejos en su indagación, y menos aún en el establecimiento de medidas correctivas, no sólo porque el cardenal es incorregible, sino porque la ley no cuenta con dispositivos para sancionar a los bocones, salvo su exhibición como tales ante la sociedad.
De cualquier modo, por escaso que sea el alcance de la intervención del Conapred, lo que pueda hacer al respecto enseñará a Sandoval Íñiguez que no puede denigrar a persona alguna por su preferencia sexual porque no faltan fanáticos que oyendo las descalificaciones cardenalicias las traduzca en hechos, en agresiones contra sus destinatarios. No se tolere que el arzobispo de Guadalajara predique la homofobia.
(Te voy a extrañar, Victoria, te voy a extrañar mucho)
Por eso, por ella, por su solidaridad conmigo cuando dejé Excélsior, me permito poner acá el texto completo de la columna que le valió su salida de ese mismo diario.
«… Pero viera usted qué tal aberra él, el arzobispo primado de México, el del cabello milagrosamente ennegrecido por obra y gracia de L’Oreal, Norberto Rivera. “Aberrar”, que suena feísimo como verbo, sobre todo si uno lo conjuga (cosa que, según la Real Academia, tiene pleno derecho a hacer), quiere decir, simplemente, “Desviarse, extraviarse, apartarse de lo normal o usual”. Y “aberrante”, por lo tanto, no es algo tremendo, terrible, inspirado por el maligno, sino simplemente “diferente”. De modo que Newton, Galileo y Einstein eran “aberrantes”. Y Picasso, El Greco o Goya, por mencionar sólo algunos españolitos, también. Y Jesús… bueno, Jesús ni se diga. Él sí que se desvió de lo que era normal y usual en sus tiempos. Tanto que lo crucificaron.
«Y el que anda crucificando ahora, en nombre de lo que decidió que es “la” moral, y que escasamente, si acaso, tal vez sea “su” moral, es Rivera. Mire algunas de las cosas que dice: “Estas ‘uniones de facto’ o legaloides… son intrínsecamente inmorales. Falsos derechos”, afirma, frente a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de reconocer la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo.
«Tengo que repasar la Constitución. ¿No era éste un país laico? ¿Y “laico” no quería decir “Independiente de cualquier organización o confesión religiosa”? ¿Por qué entonces una organización religiosa ataca las decisiones de una de las tres ramas del gobierno? ¿Qué diríamos si el Dalai Lama opinase al respecto? ¿O, sin ir tan lejos, si lo hiciese un rabino mexicano, o hasta un evangelista?
«Y, sobre todo, ¿por qué dice tales sandeces a nombre de la propia institución a la que pertenece? ¿Cómo podemos aceptar que afirme que nuestro máximo tribunal efectúa “un ataque a la familia con ‘intereses oscuros’, que pretenden orillar al país ‘herido por la violencia y la descomposición social, a su ruina’?”.
«¡Mofles! Las bodas gay y las decapitaciones entre narcos al mismo nivel. Cosas veredes, Sancho.
«Y eso no es todo, qué va. Resulta que (como se habla de adopción) se trata de “conceder falsos derechos que, por si fuera poco, afectarán a niños inocentes, a quienes se les negará el derecho de tener un padre y una madre para su adecuado desarrollo moral y psico-afectivo” (el guión por cortesía del purpurado, o a lo mejor del periodista, sepa).
«Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Feamente. Al margen de que yo no soy quién para saber si el adecuado desarrollo moral y etcétera depende de tener un padre y una madre (tampoco creo que sea Rivera quien tenga al respecto la última palabra), resulta que en este bendito país nuestro un porcentaje in-men-so de la población no tiene padre. Casi literalmente. Por lo menos no padre conocido, ni padre que viva en contacto con sus hijos. O porque nunca dio la cara, o porque se largó, o porque tiene otra familia. O, si acaso, porque se fue de ilegal. Resulta entonces que toda esa gente, esos millones y millones de mexicanos, no han tenido el desarrollo moral y psicoafectivo correspondiente.
«Qué notable. ¿Cómo le habrá hecho el propio cardenal para desarrollarse tan bien en ausencia de padre? Porque el suyo, que se llamaba Ramón, se fue a Estados Unidos a trabajar para poder mantener a la familia. O al menos eso dice su ficha de Wikipedia (en inglés). ¿Hablará por la herida? ¿Será él también, pobrecito, alguien “herido por la violencia y la descomposición social”?»
No fue Rivera Carrera el único cardenal que acusó el golpe de la Corte. Lo hizo con más fiereza el arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez. No contento con descalificar la decisión del tribunal constitucional, se lanzó contra sus autores. Dijo que el jefe de Gobierno Marcelo Ebrard e ignorados “organismos internacionales” habían “maiceado” a los ministros para que se manifestaran como lo hicieron. El ponente en el procedimiento judicial, Sergio Valls, rechazó con rudeza la insinuación insidiosa del clérigo nacido en Yahualica, y en una suerte de voto de censura sus compañeros hicieron suyo el agravio y el rechazo. Pero no fueron más allá. En cambio, Marcelo Ebrard inició una acción civil contra el lenguaraz cardenal (y contra el vocero de Rivera Carrera, el sacerdote Hugo Valdemar que tuvo la desvergüenza de considerar que la reforma al Código Civil hace más daño a la sociedad que el narcotráfico).
Pero, con toda la gravedad del insulto que Sandoval Íñiguez asestó a los miembros de la Corte y al jefe del Gobierno del DF, afirmaciones del cardenal sobre el sector social directamente beneficiado con la reforma de marras son más dañinas y peligrosas. En tono desdeñoso, de mofa abierta, se refirió a “lesbianas y maricones”, y con criterio aldeano adivinó que los hijos adoptivos de personas pervertidas como son los homosexuales serán inexorablemente pervertidos como sus padres, porque los verán realizar “sus prácticas” y no sabrán a quién llamar mamá y a quién papá.
El torpe criterio así expuesto cae muy claramente en los supuestos de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación. La fracción XXVII de su artículo 9 establece claramente que “incitar al odio, violencia, rechazo, burla, difamación, injuria, persecución o la exclusión” es un acto discriminatorio. Por ello, el órgano encargado de aplicar esa ley, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, el Conapred, inició una investigación a partir de quejas recibidas al respecto.
No irá muy lejos en su indagación, y menos aún en el establecimiento de medidas correctivas, no sólo porque el cardenal es incorregible, sino porque la ley no cuenta con dispositivos para sancionar a los bocones, salvo su exhibición como tales ante la sociedad.
De cualquier modo, por escaso que sea el alcance de la intervención del Conapred, lo que pueda hacer al respecto enseñará a Sandoval Íñiguez que no puede denigrar a persona alguna por su preferencia sexual porque no faltan fanáticos que oyendo las descalificaciones cardenalicias las traduzca en hechos, en agresiones contra sus destinatarios. No se tolere que el arzobispo de Guadalajara predique la homofobia.
(Te voy a extrañar, Victoria, te voy a extrañar mucho)
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