miércoles, 14 de noviembre de 2012

Abrazo fantasma

Caí como la plaga, cuando nadie me esperaba.
Mi mama se enteró a la antigüita que estaba embarazada y planearon casarse. Mi papá le pidió que no se preocupara; "podemos decir que es sietemesina", la tranquilizó, sólo que no contaba con la que sería una peculiaridad de mi carácter, llevar siempre la contra, así que nací sietemesina de verdad, "y entonces ni modo que dijéramos que eras quintumesina", me explicaba a mí.
Para colmo, Panchavín quería niño... huelga decir que no se le cumplió...
Un amigo lo consolaba: "hombre, Salvador, mejor, los niños se la pasan en la calle y son respondones; las niñas son más dulces, son maleables y no vas a tener problemas con ella"... bueno, eso tampoco se le cumplió.
Así, contra todo presagio, seguí el camino y me volví exactamente como lo pintaba el panorama inicial con un agregado: un genio que junté de bien hartas y variadas inseguridades... gritona, berrinchudita, caprichosona...
En este paisaje, para colmo, mi cumpleaños cae exactamente el día que la UNAM tenía que terminar sus proyecciones de presupuesto para el año siguiente, y mis papás, ambos, trabajaban en la UNAM, es decir, nunca había tiempo.
Por la mañana me cantaban las mañanitas y me llevaban a la escuela; por la tarde, comíamos atropelladamente lo que se podía y todo mundo regresaba a sus actividades.
Eso cuando estábamos en calma, que eran las menos de las veces, porque regularmente mi papá y yo nos peleábamos para estas fechas y nos seguíamos hasta los últimos de diciembre, más allá de su cumpleaños.
Después me fui y, si bien me iba, me tocaba una llamada y una rápida reunión, porque Panchavín siempre tenía cosas que hacer o yo estaba trabajando...
Así se llegó el año 2009. En mucho tiempo sería la primera vez que mi cumpleaños caía en domingo y que estábamos de buenas y que no teníamos nada que hacer.
Hicimos planes, quedamos en comer; un domingo antes Panchavín diseñó el menú, lo puso a mi consideración y el viernes inmediato anterior -13 de noviembre- me llamó para cancelar: "voy a llevar a Santiago a Texcoco y sólo ese día se puede; pero qué te parece si nos vemos en el desayuno del sábado".
Se me hizo un nudo en la garganta de rabia y aun así le dije que sí...
El sábado 14 le llamé y le cancelé cuando él ya estaba en el restaurante: "No voy a ir", le dije por teléfono, y colgué sin darle tiempo de nada más.
El domingo me escribió temprano: "Aunque no lo creas, eres la persona más importante para mí. Te quiero mucho. Feliz cumpleaños".
Hechos son amores, no palabras, le respondí y no volví a hablar con él hasta el día de su cumpleaños, un mes después.
Al año siguiente, en mayo, murió mi papá. Estuve todo el tiempo y no perdí oportunidad de abrazarlo, de besarlo, de decirle "te quiero, papi".
Nada es suficiente, todavía me escuece el abrazo fantasma.Sigo extrañando ese último abrazo de cumpleaños, sigo preguntándome si el 15 de noviembre sería menos doloroso con el recuerdo de esa caricia y más que nunca estoy convencida de que nunca, pase lo que pase, vale la pena dejar de abrazar, de querer, de acariciar por ningún motivo.

1 comentario:

  1. Una pluma que de verdad provoca y evoca...

    Mi agradecimiento por tu talento generoso.

    Guillermo Pérez

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