Este fin de semana, dos Armstrong llenaron los espacios noticiosos: los dos marcaron el inicio de una época; las noticias que los envuelven son una sorpresa.
Por un lado, la sorpresa de que Lance Armstrong fue despojado de sus siete títulos de la Tour de France, después de que venció al cáncer de testículo y que soportó el rompimiento de su relación con la cantante Sherryl Crowe (en realidad no sé si lo soportó o lo aplaudió, pero siempre pone un poco de candombe incluir asuntos del corazón).
El deporte de salir a andar en bici debe tener muchas implicaciones económicas, supongo, porque no me explico de otra manera tan sorpresiva decisión que, vale decir, no es única: la historia se repite, pues.
El affaire Armstrong - Agencia Estadounidense Antidopaje me hizo recodar el caso de Graeme Obree, conocido como el Escocés Volador, quien rompió dos veces el récord mundial de la hora, en julio de 1993 y abril de 1994. La segunda vez, por cierto, el récord se lo arrebató Miguel Indurain algunos meses después.
Obree era conocido por sus posiciones inusuales para conducir la bicicleta y por su "viejo fiel", la bicicleta que construyó con algunas partes de una lavadora.
El caso es que Obree no era del agrado de algunos funcionarios del deporte y la Unión Ciclista Internacional prohibió el uso del Viejo Fiel, hecho en casa, y modificó las reglas de manera absurda, para que Obree no colocara las manos como mejor se acomodaba. Ya después el propio Obree diseñó otra postura que lo colocaba totalmente alejado del manubrio (¿así se llama?) y que también fue prohibida.
Vaya, pues, que la historia demuestra que la competencia más encarnizada en el ciclismo no está en las pistas, sino en el escritorio.
Ojalá Armstrong no padezca la misma enfermedad de Obree -depresión crónica- y que su vida sea llevada -como la de Obree- a una película que tenga mejor suerte que los canales de televisión de paga...
¡Buena suerte, señor Armstrong!
El otro Armstrong
En este caso tengo que robarme la anécdota que más me ha encantado del señor Neil Armstrong, recordado por siempre como el primer hombre en pisar la luna, que lanzó un enigmático mensaje al llegar al satélite natural de la tierra.
Dice la leyenda que el astronauta del Apolo no sólo lanzó su frase famosa (que no voy a repetir porque me cae gorda), sino que después hizo varios comentarios a los otros astronautas de la tripulación y al centro de control y de repente soltó un: "Buena suerte, Mr. Gorsky".
Cuando volvió a la tierra, y en el ambiente de la guerra fría que privaba en la época, Armstrong fue inquirido múltiples veces por el significado de ese mensaje, pero el astronauta se negó a revelarlo.
Ya cansado de sólo sonreír por respuesta, el 5 de julio de 1995, en Tampa Bay, Florida, Armstrong fue nuevamente interrogado por su misteriosa frase y por fin dio una explicación.
El señor Gorsky había muerto y el astronauta sintió que podía, por fin, romper un viejo secreto.
Dicen los que lo cuentan mejor que yo que Armstrong explicó que, siendo niño, mientras jugaba beisbol en el patio trasero de su casa, un amigo lanzó la pelota con tal fuerza que golpeó en la ventana del dormitorio de sus vecinos. Subrepticiamente, el pequeño Neil se coló al jardín y se agachó a recoger la bola mientras escuchaba a la señora Gorsky gritándole a su marido: "¿¡Sexo Oral?!... ¿quieres sexo oral? Tendrás sexo oral cuando el niño del vecino se pasee por la luna".
Vaya a saber si lo dijo o no, y vaya a saber si la aclaración posterior es real o no, pero lo cierto es que me parece delicioso recordar de este manera al otro señor Armstrong, que vaya usted a saber si está caminando por alguna nube o simplemente, como energía, ni se creó ni se destruyó, simplemente se transformó.
¡Buena suerte, señor Armstrong!

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