jueves, 25 de noviembre de 2010

¡Hey, familia!, danzón dedicado a Vicente y Josefina que lo acompaña...

Para bailar danzón, decía Vicente, el primer paso lo da el hombre para adelante y la mujer para atrás, igual que cuando se casan. Él siempre debe ir para adelante y la mujer moverse para dejarlo pasar. Después, la mujer da un paso para adelante, pero sólo porque el hombre se lo permite, porque él se lo indica y se lo permite. En el baile y en la vida él decide para dónde van.

No sé cuándo apareció Vicente en mi vida, pero fue una figura constante. Igual que el danzón, que llegó a México entre 1910 y 1913, en plena lucha revolucionaria. Aseguran algunos que entró por Yucatán y otros que por Veracruz y que de allí se desplazó a la Ciudad de México, donde se volvió parte importante de la diversión colectica entre 1913 y 1933.

Cuando yo era niña, Vicente me hacía reír cuando hacía sonar su panza como si fuera un globo lleno de agua. Alto, o eso me parecía, delgado, con la cara afilada y la nariz muy larga. El cabello engominado y siempre rematado por un copete enorme y con un rizo que le caía por la frente, su habilidad para bailar me hizo desear aprender de él a hacer esos pasos. Y cuando lo vi moverse con Josefina, su mujer, la mujer con la que llegó un día a casa de mi abuela, el encanto fue completo. Vicente y Josefina eran campeones de baile fino de salón. A eso se dedicaban, a concursar. Y no conozco que tuvieran otro oficio.

Bailaban en mercados y en salones de baile, como los que surgieron en los primeros años del siglo XX en el Distrito Federal. En 1905 surgió el primer salón verdaderamente danzonero, en el barrio de Indios Verdes, se llamaba La quinta corona; meses más tarde surgió El mercado de las flores, al que visitaban casi exclusivamente las personas más humildes.

La quinta real, en Calzada de Guadalupe, era visitado por boxeadores no precisamente profesionales, sino púgiles de ocasión bailaban en los barrios de Guerrero y Peralvillo. En la Plaza de Santos Degollado surgieron los primeros concursos de baile, ésos en los que participaba Vicente.

Después surgió la academia Metropolitana, donde surgieron mediante concursos los primeros campeones. En 1908 se abrió el salón La quinta de los sabinos y al siguiente año el Lecumberri, el Cervantes, el Bucareli Hall y el Olimpia —llamado después Progreso—.

En 1910 el Alhambra, más tarde el Tivolito, luego el Azteca y así hasta alcanzar una buena cantidad de salones que muchos bailadores tenían como “las catedrales del danzón”. En 1920 fue inaugurado el más importante de todos, el Salón México, formado por varios salones en el mismo edificio, nombrados Renacimiento, de los Espejos, Tianguis, el Maya y el Azteca. Sus bailes y sus concursos eran brillantes…

Aunque no era así de viejo, Vicente bailó en todos ellos y en todos ellos lució su conocimiento del danzón. Decía que bailar era como hacer el amor. Y por eso era necesario descansar después de cada movimiento. Una noche de pasión, era como un danzón completo, con varios descansos y un gran final.

Poco a poco han cerrado los sitios para bailar danzón y se acabaron los concursos de baile. Y el año pasado se murió Vicente. Mi mamá me habló por teléfono, estaba en la redacción de Excélsior cuando me dijo. Lloré por él en el baño y extrañé sus pasos de baile. Lo recordé vestido de pachuco y acompañado de Josefina. Apenas hace poco supe que le dio parkinson, y que dejó de bailar. Eso me dolió más. Pero su recuerdo se queda, como todo lo que me enseñó sobre el baile.

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