Subir de peso no es tan fácil como parece. Total, que si todo fuera comer y reposar, cualquiera lo haría.
Cada kilo de más está compuesto de mil dolores, angustias, abandonos, abusos y autocompasión.
Se empieza de muy pequeño y se descubre de qué manera la comida da un poco de alivio. El cuerpo recibe un poco de comida que le agrada y libera neurotransmisores que le indican que está bien, que la comida conforta... Sólo que cada vez hace falta más comida para confortarse y cada vez aumentan los dolores, porque un dolor no es un dolor: cada nueva herida es un eslabón en una enorme cadena que no sólo aumenta de tamaño, sino que cada vez pesa más.
Así, uno va construyendo una pared tras otra de grasa para protegerse y rebotar en el mundo, sin que duela (tanto).
Ese tejido adiposo, además, le permite a uno pegarse a los otros que llegan a la vida de uno. También nos dan la apariencia de un oso de peluche que no puede hacerle daño a nadie. Es un estereotipo: los gordos son felices, son sanos, no se enojan, todo se les resbala. Nada más falso.
¿Cómo se puede ser inmune a las críticas externas, pero, sobre todo, a las internas?, ¿cómo se puede ser feliz si en cada bocado se ahogan las lágrimas? Comer en exceso es como beber en exceso y es muy difícil darse cuenta de qué está ocultando la comida y los kilos.
Y además hay que encontrarse en el camino a aquellos que creen que todo lo saben y lanzan consignas o sentencias. Como el director de la editorial aquella que me dijo que se arrepentía de contratarme porque debió saber que mi sobrepeso era señal de que no sabía trabajar. Además de que era evidente que no sabía controlar mi hormonas.
La contra es que bajar de peso no es tan sencillo como parece. No sólo porque bajar de peso de hecho es difícil: dieta, ejercicio, médico, cambio de estilo de vida, sino porque cada kilo de menos expone cada vez más las carencias.
Me explico: cada vez que la báscula se mueve a la izquierda, es como quitar un trozo de tela de los ojos y ver más claramente quién soy. Quitar el exceso no es como pelar una cebolla, porque no puedo cortarme la cabeza para retirar lo seco y lo que estorba y tampoco es mi intención picarme en trocitos y echarme a una sartén con aceite.
Para quitar el exceso, primero hay que saber con qué se sustituye el vacío. Para los pecados capitales, por ejemplo, existe una virtud que los sustituye. Y sí, antes me sabía todos los pecados capitales con su contraparte, pero hoy los olvidé (¡Qué casualidad, mira tú!)
Un proceso lento, que no puede hacerse con medicamentos ni dejando de escuchar: ¿qué requiero, qué estoy cambiando, cómo voy a cambiarlo y, sobre todo, cómo voy a hacer el cambio para recuperar el equilibrio? Más, todavía, ¿cómo voy a reconocer el equilibrio?
Lo bueno de todo esto, es que me alejé del editor aquel...
martes, 13 de octubre de 2015
lunes, 12 de octubre de 2015
En busca del tesoro perdido
Hace poco más de 20 años un médico general me advirtió que probablemente estaría enferma de la tiroides. Sugirió que visitara a un endocrinólogo y propuso hacerme unos estudios para ir adelantando.
Hace poco más de 20 años nunca había escuchado que alguien padeciera hipotiroidismo o hipertiroidismo; hace poco más de 20 años no conocía ningún endocrinólogo y no tenía idea de dónde buscar.
Hace poco más de 20 años empecé a investigar y descubrí un pretexto maravilloso: subí de 60 a poco más de 90 en menos de 365 días y llegué a los 134 kilos apenas un poco después de que empecé a vivir con Humberto... y empecé a vivir con Humberto hace poco menos de 20 años.
La tiroides me dio el pretexto perfecto: subo de peso, porque padezco hipotiroidismo y mi metabolismo es lento, muy lento. Además, padezco depresión y ansiedad porque la tiroides, esa pequeña mariposa en la base del cuello, me pone el pie con las emociones, porque eso también lo regula la glándula esa.
Fue la zona de confort perfecta: no me muevo, no me esfuerzo, no atiendo, porque todo está en mis glándulas, yo no tengo la culpa.
El hecho es que todo era una suposición, ni siquiera me había hecho los análisis y ya estaba segura de que eso era lo que yo padecía... ¿cómo podía equivocarse el médico general que me había visto dos veces?
Incluso antes de tener un diagnóstico, algún día me harté y fui con una nutrióloga. La báscula se movía hacia abajo con naturalidad... de 100 a 70 en pocos meses. Hasta que dejó de moverse hacia abajo y comenzó a subir. Dejé la dieta, hice trampa, y culpé de todo a la tiroides.
Eché por la borda mi trabajo, casi eché a perder mi relación de pareja... y todo fue culpa de la tiroides. Incluso sin tener la certeza de mi padecimiento, lo instalé en mí como parte de mi sangre y le atribuí todos los males de mi vida.
Golpe al páncreas
La primera vez que alguien me confirmó que padecía de la tiroides me hicieron un escaneo completo del cuerpo. El médico me dijo que mi tiroides tenía problemas y que, además, la zona de mi páncreas y mi hígado estaba inflamada. Me sugirió empezar un tratamiento para ambos problemas y me advirtió: hay que tener cuidado con la zona del hepática, porque puede transformarse en cáncer. Acudí a tres citas más. No era para bajar de peso, sino para recuperar la salud, me dijo el médico entonces.
Poco tiempo después mi papá fue diagnosticado con cáncer de páncreas y yo dejé de ir al médico. No era tiempo para ponerse valiente y empezar a bajar de peso. Era absolutamente necesario mantener el escudo y la guarida de grasa. Y lo mantuve tanto como fue preciso... y más allá.
Si seguía gorda, pues era la tiroides, ¿no? Y si perdía los estribos, pues era la tiroides... y mi papá. Perfecto.
Así, pues, más comida, más rápido... Total, tenía pretexto... Hasta que dejé de tenerlo.
Ansiosita
A la enfermedad de mi papá, probablemente a los últimos meses de mi papá, se sumó un dolor de espalda de mi marido, casi incapacitante, además de una pésima relación con mi jefe inmediato superior.
Es de suponer que yo no podía controlar la enfermedad de mi papá ni el dolor de mi marido, pero la relación con mi jefe... Tampoco. Mi tiroides... y su temperamento... yo, soy inocente, como siempre.
En ese panorama, atendiendo a mi marido y acudiendo a mi trabajo, resolví la comida comprando comida china: un kilo de arroz frito con res, bueno para dos días de alimentación... A menos que no puedas parar de comer y te des cuenta cuando quedan dos granos de arroz en el fondo del bote... Y quieras seguir comiendo.
Din, din, din... se prendió la luz...
Duelo
Al día siguiente de la cremación de mi papá me levanté antes de que amaneciera y fui a correr al parque. No pude llorar en mi casa. Empecé a correr para sacar el dolor, cada vez más profundo, de la pérdida. Correr, pero no dejar de comer... no parecía importar el esfuerzo, no parecía dar resultados. Y cuando parecía empezar a funcionar, no vaya a ser que funcione, empecé a comer más y peor.
Sigo enferma de la tiroides, ¿no? Además me duele la muerte de mi papá.
A mi duelo, se sumó el de mi marido y mi forma de lidiar con él: más comida, menos ejercicio. Más grasa, más ansiedad...
Hasta que el duelo dejó de ser pretexto, pero, después de todo, sigo enferma de la tiroides, ¿no?
Despertar
La ventaja de la noche, es que está en silencio y puedes pensar mejor; además hay pocos distractores y no puedes huir de ti. También está el hecho de que a la oscuridad le sigue la luz.
El malestar de mi marido me dejó un alza de presión y más ansiedad, además de la conciencia de que no tengo ganas de caer muerta como fulminada.
Un médico especialista fue el primer paso: medicina adecuada, seguir la dieta y atender el sonido de mi corazón.
Cómo a cuándo exactamente, no lo sé; pero sé que empecé a tener conciencia de lo que hacía falta para estar bien y que no era viajando en círculos como iba a encontrar el camino.
El trabajo físico, el trabajo espiritual y el trabajo emocional empezaron a actuar en conjunto.
No sé cuánto tiempo llevo en este camino, pero no empezó ayer. No sé cuánto he bajado de peso, pero no busco un número en la báscula.
Por primera vez entiendo la utilidad del escudo de grasa que construí a mi alrededor y por primera vez sé que, además de protegerme, mi abdomen me dio un hogar donde ocultarme.
Este viaje no va afuera, este viaje va al centro. He salido y regresado muchas veces de mi zona de confort, así que por primera vez no temo tropezarme. Sólo espero llegar y encontrar aquello que perdí hace no sé cuánto ni en dónde... aunque esos datos son lo de menos,,,
Hace poco más de 20 años nunca había escuchado que alguien padeciera hipotiroidismo o hipertiroidismo; hace poco más de 20 años no conocía ningún endocrinólogo y no tenía idea de dónde buscar.
Hace poco más de 20 años empecé a investigar y descubrí un pretexto maravilloso: subí de 60 a poco más de 90 en menos de 365 días y llegué a los 134 kilos apenas un poco después de que empecé a vivir con Humberto... y empecé a vivir con Humberto hace poco menos de 20 años.
La tiroides me dio el pretexto perfecto: subo de peso, porque padezco hipotiroidismo y mi metabolismo es lento, muy lento. Además, padezco depresión y ansiedad porque la tiroides, esa pequeña mariposa en la base del cuello, me pone el pie con las emociones, porque eso también lo regula la glándula esa.
Fue la zona de confort perfecta: no me muevo, no me esfuerzo, no atiendo, porque todo está en mis glándulas, yo no tengo la culpa.
El hecho es que todo era una suposición, ni siquiera me había hecho los análisis y ya estaba segura de que eso era lo que yo padecía... ¿cómo podía equivocarse el médico general que me había visto dos veces?
Incluso antes de tener un diagnóstico, algún día me harté y fui con una nutrióloga. La báscula se movía hacia abajo con naturalidad... de 100 a 70 en pocos meses. Hasta que dejó de moverse hacia abajo y comenzó a subir. Dejé la dieta, hice trampa, y culpé de todo a la tiroides.
Eché por la borda mi trabajo, casi eché a perder mi relación de pareja... y todo fue culpa de la tiroides. Incluso sin tener la certeza de mi padecimiento, lo instalé en mí como parte de mi sangre y le atribuí todos los males de mi vida.
Golpe al páncreas
La primera vez que alguien me confirmó que padecía de la tiroides me hicieron un escaneo completo del cuerpo. El médico me dijo que mi tiroides tenía problemas y que, además, la zona de mi páncreas y mi hígado estaba inflamada. Me sugirió empezar un tratamiento para ambos problemas y me advirtió: hay que tener cuidado con la zona del hepática, porque puede transformarse en cáncer. Acudí a tres citas más. No era para bajar de peso, sino para recuperar la salud, me dijo el médico entonces.
Poco tiempo después mi papá fue diagnosticado con cáncer de páncreas y yo dejé de ir al médico. No era tiempo para ponerse valiente y empezar a bajar de peso. Era absolutamente necesario mantener el escudo y la guarida de grasa. Y lo mantuve tanto como fue preciso... y más allá.
Si seguía gorda, pues era la tiroides, ¿no? Y si perdía los estribos, pues era la tiroides... y mi papá. Perfecto.
Así, pues, más comida, más rápido... Total, tenía pretexto... Hasta que dejé de tenerlo.
Ansiosita
A la enfermedad de mi papá, probablemente a los últimos meses de mi papá, se sumó un dolor de espalda de mi marido, casi incapacitante, además de una pésima relación con mi jefe inmediato superior.
Es de suponer que yo no podía controlar la enfermedad de mi papá ni el dolor de mi marido, pero la relación con mi jefe... Tampoco. Mi tiroides... y su temperamento... yo, soy inocente, como siempre.
En ese panorama, atendiendo a mi marido y acudiendo a mi trabajo, resolví la comida comprando comida china: un kilo de arroz frito con res, bueno para dos días de alimentación... A menos que no puedas parar de comer y te des cuenta cuando quedan dos granos de arroz en el fondo del bote... Y quieras seguir comiendo.
Din, din, din... se prendió la luz...
Duelo
Al día siguiente de la cremación de mi papá me levanté antes de que amaneciera y fui a correr al parque. No pude llorar en mi casa. Empecé a correr para sacar el dolor, cada vez más profundo, de la pérdida. Correr, pero no dejar de comer... no parecía importar el esfuerzo, no parecía dar resultados. Y cuando parecía empezar a funcionar, no vaya a ser que funcione, empecé a comer más y peor.
Sigo enferma de la tiroides, ¿no? Además me duele la muerte de mi papá.
A mi duelo, se sumó el de mi marido y mi forma de lidiar con él: más comida, menos ejercicio. Más grasa, más ansiedad...
Hasta que el duelo dejó de ser pretexto, pero, después de todo, sigo enferma de la tiroides, ¿no?
Despertar
La ventaja de la noche, es que está en silencio y puedes pensar mejor; además hay pocos distractores y no puedes huir de ti. También está el hecho de que a la oscuridad le sigue la luz.
El malestar de mi marido me dejó un alza de presión y más ansiedad, además de la conciencia de que no tengo ganas de caer muerta como fulminada.
Un médico especialista fue el primer paso: medicina adecuada, seguir la dieta y atender el sonido de mi corazón.
Cómo a cuándo exactamente, no lo sé; pero sé que empecé a tener conciencia de lo que hacía falta para estar bien y que no era viajando en círculos como iba a encontrar el camino.
El trabajo físico, el trabajo espiritual y el trabajo emocional empezaron a actuar en conjunto.
No sé cuánto tiempo llevo en este camino, pero no empezó ayer. No sé cuánto he bajado de peso, pero no busco un número en la báscula.
Por primera vez entiendo la utilidad del escudo de grasa que construí a mi alrededor y por primera vez sé que, además de protegerme, mi abdomen me dio un hogar donde ocultarme.
Este viaje no va afuera, este viaje va al centro. He salido y regresado muchas veces de mi zona de confort, así que por primera vez no temo tropezarme. Sólo espero llegar y encontrar aquello que perdí hace no sé cuánto ni en dónde... aunque esos datos son lo de menos,,,
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