Amo a mi perro, un mastín napolitano que, parado en sus patas traseras es de mi estatura (1.62 metros) y pesa 60 kilos, justo lo que yo debería de pesar.
Amar a Étrigan no me vuelve ciega: es un animal grande y puede ser peligroso; nos ha mordido a mi marido y a mí más de un par de veces, yo he salido bien librada, pero Humberto no. Su brazo derecho tiene unas cicatrices rojas y muy sobresalientes que le dejó el animalito en un berrinche.
Su pie, el derecho también, se infectó y se quedó mucho tiempo tan grande como un pambazo bien servido durante por lo menos dos meses gracias a que mi perro creyó que me defendía.
Personalmente tengo varias cicatrices en la mano izquierda (soy zurda), por meterme a defender a otra de mis perras.
Mis amigos no visitan la casa, porque le tienen miedo y hasta un vendedor ambulante me dijo un día que no entra al edificio "porque alguien tiene un perro grandote, y no vaya a ser, Seño".
De hecho, la raza de Étrigan era conocido, por los ejércitos romanos, como "devoradores de hombres". Las huestes del César enviaban a estos dulces animales de avanzada y su labor era morder las pantorrillas de los enemigos. El objetivo era que los soldados contrincantes se fueran desangrando y perdieran fuerza.
También los usaban para pelear contra tigres, leones y osos en el Coliseo... Sí, la raza de Étrigan tiene mala historia...
***
Las historias de la jauría asesina son, por decir lo menos, ridículas, pero no porque los perros no vengan equipados para morder y desgarrar y hasta matar, sino porque es evidente que esos perros son como Étrigan: animales de casa (sí con "s") con dueños descuidados que los dejan salir a la calle todo el día, sin supervisión, y después simplemente esperan a que regresen, si libran el paso de las grandes avenidas y la batalla con otros perros.
Esos perros suelen ser amistosos y, hasta eso, bastante simpáticos. Los puedes encontrar caminando de regreso a su casa con una mueca que parece sonrisa, la lengua de fuera y los ojos entrecerrados... como si evocaran las aventuras de su jornada de paseo... pero no todos son así.
***
Hace unos años, leí en La Jornada que el marido de la alcaldesa de algún municipio de Veracruz murió en su casa, atacado por sus propios perros.
Los canes de marras eran tres rotweiller que vieron entrar una camioneta a su territorio y desconocieron al señor.
Era de madrugada, el hombre regresaba su hogar, en Coatzacoalcos y las mascotas, que todo mundo calificaba de amistosas, cumplieron con su trabajo: te huelo, te desconozco, defiendo a mi manada...
La mujer y el hijo del personaje no se explicaban qué pudo haber pasado y buscaban un veterinario que se encargara de los animales para no tener problemas.
***
En uno de mis múltiples empleos (soy una veleta laboral) Carlos contaba todo el tiempo cuán maravillosas eran sus mascota, hasta que los animalitos atacaron a su hermano, por cierto, eran rotweiller.
Corrieron la misma suerte de los canes veracruzanos: un veterinario se encargó de ellos y los peló a rape.
***
En noviembre de 2011, la prensa de Barcelona informó de una espantosa noticia: una pareja de indigentes fue asesinada por sus perros que, dulcemente, se los comieron.
Un año antes, también en noviembre, la prensa de Mallorca informó que una jauría desbarató a cinco personas.
***
En Australia, los dingos viven en una reserva especial, según el Cazador de Cocodrilos, aquel que fue muerto por el aguijón de una mantarraya (¿se llama aguijón?) -así es la naturaleza-, viven los dingos adorables cánidos que se ven bien bonitos todos juntos y hasta dan ganas de acariciarlos, hasta que te enteras que son unos auténticos devoradores de hombres... porque así son por naturaleza. Comen gente y no hay quien pueda con ellos, por eso mejor los encerraron en grandes extensiones de tierra y se dejaron de preocupar por sus hijos (no vaiga'ser que a alguien se le antoje acariciarlos).
***
Algunas madres en Mixcoac también se dejaron de preocupar por sus hijos. En el parque que está en Eje 5 Sur y Revolución, a un lado de lo que antes era un Gigante, me asaltaron una vez. Eran tres jóvenes apenas más grandes que yo, que entonces tenía como 12 años y pocas pertenencias.
No llevaban pistola ni navaja, pero llevaban tres pit-bull y amenazaban con soltarlos si no les entregabas lo que llevaras en las manos.
Yo no me quise arriesgar, pero hubo alguien que sí.
Años después, cuando trabajaba en Excélsior, me buscó una amiga: a su novio lo habían atacado tres perros pit-bull en el mismo parque. Los llevaban tres muchachos que quisieron asaltar al hombre y soltaron a los perros cuando no les entregó sus pertenencias.
***
No sé si hay o no jaurías asesinas en Iztapalapa.
No sé si hay o no bandas de delincuentes que asalten a las personas con perros.
No sé si hay o no rituales satánicos que impliquen que los animales lastimen a las personas.
Sí estoy convencida de que los animales presentados como asesinos no tienen maldita idea de a qué sabe la carne humana
Sí estoy convencida de que, si esos perros quisieran, podrían acabar con los huesos de la mano de cualquiera
Y también estoy convencida de que en el DF, Dingo es una especie extinta: era una tienda que estaba en Revolución, cerca de Ciudad Universitaria, y en realidad tenía la imagen de un pastor alemán en su propaganda.
Señor jefe de Gobierno, un favorcito, ¿y si mejor deja de hacer el ridículo bailando este ridículo can-can?
viernes, 11 de enero de 2013
martes, 8 de enero de 2013
Mi regalo de Reyes
Tengo 44 años y dejé de creer en los Reyes hace 40 años.
Suena crudo, pero nunca me lo pareció. No necesité gastar miles de pesos en terapia para reponerme del golpe ni lloré porque alguien me rompió la ilusión. De hecho, no pensé en eso durante años, sino hasta que era adulta y entonces lo consideré un acto de amor.
Mi familia no tenía dinero cuando yo nací, la situación era tan desesperada, a veces, que mis papás gastaban dinero en mi leche y se quedaban sin más que para bolillos y coca-cola y de eso se alimentaban en el día.
Un hermano de mi papá pagó más de una vez la renta para que no los echaran de la casa y muchas veces me alimentaron en casa de mi abuela materna.
Mis papás trabajaron duro y la verdad es que no recuerdo cómo fueron mis primeros cuatro días de Reyes. Seguro que el primero pasó sin pena ni gloria, porque para ese entonces tendría menos de dos meses.
Recuerdo claramente mis primeros jardines de niños, uno en un mercado, el otro, del DIF en San Ángel, cerca de la UNAM, donde trabajaban mis papás.
Después llegué al kínder de la UNAM, una prestación para trabajadores que incluía regalos de reyes, que mis papás debían recoger en algún lado.
Tenía cuatro años y ya había aprendido a escribir, así que hice mi carta de reyes, debo haber pedido muñecas y cositas de niña.
Me trajeron dulces y un tente...
No lloré, tomé el juguete y empecé a usarlo, pero cuando pude le pregunté a mi papá si me había portado tan mal que no me habían traído nada de lo que quería.
No conocía entonces la palabra adecuada, pero estaba decepcionada... de mí, por no haber podido obtener de los reyes lo que pedí, mientras en casa de mi abuela, a unos metros de distancia, mis tíos menores jugaban con los juguetes que habían pedido...
Qué debo hacer, le dije a Panchavín, para que me traigan lo que pido, cómo debo portarme, qué hice mal esta vez...
Panchavín me miró serio: No te portaste mal, eres una hija excepcional, no hiciste nada mal... y no tuvo más remedio, supongo, que decirme la verdad: Nosotros no tenemos dinero, esto que te regalamos, no lo trajeron los reyes, a tu mamá y a mí nos dan unos vales que podemos cambiar por juguetes en el sindicato de la UNAM, y sólo podemos escoger entre lo que hay, no podemos pedir nada que no tengan en existencia.
Éste, finalizó, es nuestro secreto. No vayas a comentarlo con tus tíos ni con otros niños en la escuela, porque ellos sí creen en los reyes.
Fue mi primer complicidad con mis papás y me sentía soñada: yo era una niña inteligente que sabía más que todos los de la cuadra.. y también sabía cuánto amor había en cada regalo de reyes que me hacían mis papás.
Saber quiénes eran los reyes me dio un poder que nadie tenía: yo sabía algo que los demás no. Ése fue mi primer acercamiento con el poder que da tener conocimiento y me dio el gusto de jugar con los demás, que creían que había que protegerme o extorsionarme por ser la menor.
A los años, no he podido menos que agradecer a mis papás por tenerme esa confianza y por creer en mi inteligencia... claro que también he tenido que agradecer porque ellos solos se quitaron el poder de chantajearme con los reyes para que me portara bien.
Al final, si lo pienso bien, fue el mejor regalo que los reyes me hicieron en la vida.
Suena crudo, pero nunca me lo pareció. No necesité gastar miles de pesos en terapia para reponerme del golpe ni lloré porque alguien me rompió la ilusión. De hecho, no pensé en eso durante años, sino hasta que era adulta y entonces lo consideré un acto de amor.
Mi familia no tenía dinero cuando yo nací, la situación era tan desesperada, a veces, que mis papás gastaban dinero en mi leche y se quedaban sin más que para bolillos y coca-cola y de eso se alimentaban en el día.
Un hermano de mi papá pagó más de una vez la renta para que no los echaran de la casa y muchas veces me alimentaron en casa de mi abuela materna.
Mis papás trabajaron duro y la verdad es que no recuerdo cómo fueron mis primeros cuatro días de Reyes. Seguro que el primero pasó sin pena ni gloria, porque para ese entonces tendría menos de dos meses.
Recuerdo claramente mis primeros jardines de niños, uno en un mercado, el otro, del DIF en San Ángel, cerca de la UNAM, donde trabajaban mis papás.
Después llegué al kínder de la UNAM, una prestación para trabajadores que incluía regalos de reyes, que mis papás debían recoger en algún lado.
Tenía cuatro años y ya había aprendido a escribir, así que hice mi carta de reyes, debo haber pedido muñecas y cositas de niña.
Me trajeron dulces y un tente...
No lloré, tomé el juguete y empecé a usarlo, pero cuando pude le pregunté a mi papá si me había portado tan mal que no me habían traído nada de lo que quería.
No conocía entonces la palabra adecuada, pero estaba decepcionada... de mí, por no haber podido obtener de los reyes lo que pedí, mientras en casa de mi abuela, a unos metros de distancia, mis tíos menores jugaban con los juguetes que habían pedido...
Qué debo hacer, le dije a Panchavín, para que me traigan lo que pido, cómo debo portarme, qué hice mal esta vez...
Panchavín me miró serio: No te portaste mal, eres una hija excepcional, no hiciste nada mal... y no tuvo más remedio, supongo, que decirme la verdad: Nosotros no tenemos dinero, esto que te regalamos, no lo trajeron los reyes, a tu mamá y a mí nos dan unos vales que podemos cambiar por juguetes en el sindicato de la UNAM, y sólo podemos escoger entre lo que hay, no podemos pedir nada que no tengan en existencia.
Éste, finalizó, es nuestro secreto. No vayas a comentarlo con tus tíos ni con otros niños en la escuela, porque ellos sí creen en los reyes.
Fue mi primer complicidad con mis papás y me sentía soñada: yo era una niña inteligente que sabía más que todos los de la cuadra.. y también sabía cuánto amor había en cada regalo de reyes que me hacían mis papás.
Saber quiénes eran los reyes me dio un poder que nadie tenía: yo sabía algo que los demás no. Ése fue mi primer acercamiento con el poder que da tener conocimiento y me dio el gusto de jugar con los demás, que creían que había que protegerme o extorsionarme por ser la menor.
A los años, no he podido menos que agradecer a mis papás por tenerme esa confianza y por creer en mi inteligencia... claro que también he tenido que agradecer porque ellos solos se quitaron el poder de chantajearme con los reyes para que me portara bien.
Al final, si lo pienso bien, fue el mejor regalo que los reyes me hicieron en la vida.
miércoles, 2 de enero de 2013
Victoria, cantemos Victoria
Mal inicio de año me trajo la noticia de la muerte de mi querida Victoria Schussheim. Voy a extrañarla; así, plano, contundente, sin adornos ni dramas.
Por eso, por ella, por su solidaridad conmigo cuando dejé Excélsior, me permito poner acá el texto completo de la columna que le valió su salida de ese mismo diario.
«… Pero viera usted qué tal aberra él, el arzobispo primado de México, el del cabello milagrosamente ennegrecido por obra y gracia de L’Oreal, Norberto Rivera. “Aberrar”, que suena feísimo como verbo, sobre todo si uno lo conjuga (cosa que, según la Real Academia, tiene pleno derecho a hacer), quiere decir, simplemente, “Desviarse, extraviarse, apartarse de lo normal o usual”. Y “aberrante”, por lo tanto, no es algo tremendo, terrible, inspirado por el maligno, sino simplemente “diferente”. De modo que Newton, Galileo y Einstein eran “aberrantes”. Y Picasso, El Greco o Goya, por mencionar sólo algunos españolitos, también. Y Jesús… bueno, Jesús ni se diga. Él sí que se desvió de lo que era normal y usual en sus tiempos. Tanto que lo crucificaron.
«Y el que anda crucificando ahora, en nombre de lo que decidió que es “la” moral, y que escasamente, si acaso, tal vez sea “su” moral, es Rivera. Mire algunas de las cosas que dice: “Estas ‘uniones de facto’ o legaloides… son intrínsecamente inmorales. Falsos derechos”, afirma, frente a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de reconocer la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo.
«Tengo que repasar la Constitución. ¿No era éste un país laico? ¿Y “laico” no quería decir “Independiente de cualquier organización o confesión religiosa”? ¿Por qué entonces una organización religiosa ataca las decisiones de una de las tres ramas del gobierno? ¿Qué diríamos si el Dalai Lama opinase al respecto? ¿O, sin ir tan lejos, si lo hiciese un rabino mexicano, o hasta un evangelista?
«Y, sobre todo, ¿por qué dice tales sandeces a nombre de la propia institución a la que pertenece? ¿Cómo podemos aceptar que afirme que nuestro máximo tribunal efectúa “un ataque a la familia con ‘intereses oscuros’, que pretenden orillar al país ‘herido por la violencia y la descomposición social, a su ruina’?”.
«¡Mofles! Las bodas gay y las decapitaciones entre narcos al mismo nivel. Cosas veredes, Sancho.
«Y eso no es todo, qué va. Resulta que (como se habla de adopción) se trata de “conceder falsos derechos que, por si fuera poco, afectarán a niños inocentes, a quienes se les negará el derecho de tener un padre y una madre para su adecuado desarrollo moral y psico-afectivo” (el guión por cortesía del purpurado, o a lo mejor del periodista, sepa).
«Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Feamente. Al margen de que yo no soy quién para saber si el adecuado desarrollo moral y etcétera depende de tener un padre y una madre (tampoco creo que sea Rivera quien tenga al respecto la última palabra), resulta que en este bendito país nuestro un porcentaje in-men-so de la población no tiene padre. Casi literalmente. Por lo menos no padre conocido, ni padre que viva en contacto con sus hijos. O porque nunca dio la cara, o porque se largó, o porque tiene otra familia. O, si acaso, porque se fue de ilegal. Resulta entonces que toda esa gente, esos millones y millones de mexicanos, no han tenido el desarrollo moral y psicoafectivo correspondiente.
«Qué notable. ¿Cómo le habrá hecho el propio cardenal para desarrollarse tan bien en ausencia de padre? Porque el suyo, que se llamaba Ramón, se fue a Estados Unidos a trabajar para poder mantener a la familia. O al menos eso dice su ficha de Wikipedia (en inglés). ¿Hablará por la herida? ¿Será él también, pobrecito, alguien “herido por la violencia y la descomposición social”?»
No fue Rivera Carrera el único cardenal que acusó el golpe de la Corte. Lo hizo con más fiereza el arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez. No contento con descalificar la decisión del tribunal constitucional, se lanzó contra sus autores. Dijo que el jefe de Gobierno Marcelo Ebrard e ignorados “organismos internacionales” habían “maiceado” a los ministros para que se manifestaran como lo hicieron. El ponente en el procedimiento judicial, Sergio Valls, rechazó con rudeza la insinuación insidiosa del clérigo nacido en Yahualica, y en una suerte de voto de censura sus compañeros hicieron suyo el agravio y el rechazo. Pero no fueron más allá. En cambio, Marcelo Ebrard inició una acción civil contra el lenguaraz cardenal (y contra el vocero de Rivera Carrera, el sacerdote Hugo Valdemar que tuvo la desvergüenza de considerar que la reforma al Código Civil hace más daño a la sociedad que el narcotráfico).
Pero, con toda la gravedad del insulto que Sandoval Íñiguez asestó a los miembros de la Corte y al jefe del Gobierno del DF, afirmaciones del cardenal sobre el sector social directamente beneficiado con la reforma de marras son más dañinas y peligrosas. En tono desdeñoso, de mofa abierta, se refirió a “lesbianas y maricones”, y con criterio aldeano adivinó que los hijos adoptivos de personas pervertidas como son los homosexuales serán inexorablemente pervertidos como sus padres, porque los verán realizar “sus prácticas” y no sabrán a quién llamar mamá y a quién papá.
El torpe criterio así expuesto cae muy claramente en los supuestos de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación. La fracción XXVII de su artículo 9 establece claramente que “incitar al odio, violencia, rechazo, burla, difamación, injuria, persecución o la exclusión” es un acto discriminatorio. Por ello, el órgano encargado de aplicar esa ley, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, el Conapred, inició una investigación a partir de quejas recibidas al respecto.
No irá muy lejos en su indagación, y menos aún en el establecimiento de medidas correctivas, no sólo porque el cardenal es incorregible, sino porque la ley no cuenta con dispositivos para sancionar a los bocones, salvo su exhibición como tales ante la sociedad.
De cualquier modo, por escaso que sea el alcance de la intervención del Conapred, lo que pueda hacer al respecto enseñará a Sandoval Íñiguez que no puede denigrar a persona alguna por su preferencia sexual porque no faltan fanáticos que oyendo las descalificaciones cardenalicias las traduzca en hechos, en agresiones contra sus destinatarios. No se tolere que el arzobispo de Guadalajara predique la homofobia.
(Te voy a extrañar, Victoria, te voy a extrañar mucho)
Por eso, por ella, por su solidaridad conmigo cuando dejé Excélsior, me permito poner acá el texto completo de la columna que le valió su salida de ese mismo diario.
«… Pero viera usted qué tal aberra él, el arzobispo primado de México, el del cabello milagrosamente ennegrecido por obra y gracia de L’Oreal, Norberto Rivera. “Aberrar”, que suena feísimo como verbo, sobre todo si uno lo conjuga (cosa que, según la Real Academia, tiene pleno derecho a hacer), quiere decir, simplemente, “Desviarse, extraviarse, apartarse de lo normal o usual”. Y “aberrante”, por lo tanto, no es algo tremendo, terrible, inspirado por el maligno, sino simplemente “diferente”. De modo que Newton, Galileo y Einstein eran “aberrantes”. Y Picasso, El Greco o Goya, por mencionar sólo algunos españolitos, también. Y Jesús… bueno, Jesús ni se diga. Él sí que se desvió de lo que era normal y usual en sus tiempos. Tanto que lo crucificaron.
«Y el que anda crucificando ahora, en nombre de lo que decidió que es “la” moral, y que escasamente, si acaso, tal vez sea “su” moral, es Rivera. Mire algunas de las cosas que dice: “Estas ‘uniones de facto’ o legaloides… son intrínsecamente inmorales. Falsos derechos”, afirma, frente a la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de reconocer la legalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo.
«Tengo que repasar la Constitución. ¿No era éste un país laico? ¿Y “laico” no quería decir “Independiente de cualquier organización o confesión religiosa”? ¿Por qué entonces una organización religiosa ataca las decisiones de una de las tres ramas del gobierno? ¿Qué diríamos si el Dalai Lama opinase al respecto? ¿O, sin ir tan lejos, si lo hiciese un rabino mexicano, o hasta un evangelista?
«Y, sobre todo, ¿por qué dice tales sandeces a nombre de la propia institución a la que pertenece? ¿Cómo podemos aceptar que afirme que nuestro máximo tribunal efectúa “un ataque a la familia con ‘intereses oscuros’, que pretenden orillar al país ‘herido por la violencia y la descomposición social, a su ruina’?”.
«¡Mofles! Las bodas gay y las decapitaciones entre narcos al mismo nivel. Cosas veredes, Sancho.
«Y eso no es todo, qué va. Resulta que (como se habla de adopción) se trata de “conceder falsos derechos que, por si fuera poco, afectarán a niños inocentes, a quienes se les negará el derecho de tener un padre y una madre para su adecuado desarrollo moral y psico-afectivo” (el guión por cortesía del purpurado, o a lo mejor del periodista, sepa).
«Y aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Feamente. Al margen de que yo no soy quién para saber si el adecuado desarrollo moral y etcétera depende de tener un padre y una madre (tampoco creo que sea Rivera quien tenga al respecto la última palabra), resulta que en este bendito país nuestro un porcentaje in-men-so de la población no tiene padre. Casi literalmente. Por lo menos no padre conocido, ni padre que viva en contacto con sus hijos. O porque nunca dio la cara, o porque se largó, o porque tiene otra familia. O, si acaso, porque se fue de ilegal. Resulta entonces que toda esa gente, esos millones y millones de mexicanos, no han tenido el desarrollo moral y psicoafectivo correspondiente.
«Qué notable. ¿Cómo le habrá hecho el propio cardenal para desarrollarse tan bien en ausencia de padre? Porque el suyo, que se llamaba Ramón, se fue a Estados Unidos a trabajar para poder mantener a la familia. O al menos eso dice su ficha de Wikipedia (en inglés). ¿Hablará por la herida? ¿Será él también, pobrecito, alguien “herido por la violencia y la descomposición social”?»
No fue Rivera Carrera el único cardenal que acusó el golpe de la Corte. Lo hizo con más fiereza el arzobispo de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez. No contento con descalificar la decisión del tribunal constitucional, se lanzó contra sus autores. Dijo que el jefe de Gobierno Marcelo Ebrard e ignorados “organismos internacionales” habían “maiceado” a los ministros para que se manifestaran como lo hicieron. El ponente en el procedimiento judicial, Sergio Valls, rechazó con rudeza la insinuación insidiosa del clérigo nacido en Yahualica, y en una suerte de voto de censura sus compañeros hicieron suyo el agravio y el rechazo. Pero no fueron más allá. En cambio, Marcelo Ebrard inició una acción civil contra el lenguaraz cardenal (y contra el vocero de Rivera Carrera, el sacerdote Hugo Valdemar que tuvo la desvergüenza de considerar que la reforma al Código Civil hace más daño a la sociedad que el narcotráfico).
Pero, con toda la gravedad del insulto que Sandoval Íñiguez asestó a los miembros de la Corte y al jefe del Gobierno del DF, afirmaciones del cardenal sobre el sector social directamente beneficiado con la reforma de marras son más dañinas y peligrosas. En tono desdeñoso, de mofa abierta, se refirió a “lesbianas y maricones”, y con criterio aldeano adivinó que los hijos adoptivos de personas pervertidas como son los homosexuales serán inexorablemente pervertidos como sus padres, porque los verán realizar “sus prácticas” y no sabrán a quién llamar mamá y a quién papá.
El torpe criterio así expuesto cae muy claramente en los supuestos de la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación. La fracción XXVII de su artículo 9 establece claramente que “incitar al odio, violencia, rechazo, burla, difamación, injuria, persecución o la exclusión” es un acto discriminatorio. Por ello, el órgano encargado de aplicar esa ley, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, el Conapred, inició una investigación a partir de quejas recibidas al respecto.
No irá muy lejos en su indagación, y menos aún en el establecimiento de medidas correctivas, no sólo porque el cardenal es incorregible, sino porque la ley no cuenta con dispositivos para sancionar a los bocones, salvo su exhibición como tales ante la sociedad.
De cualquier modo, por escaso que sea el alcance de la intervención del Conapred, lo que pueda hacer al respecto enseñará a Sandoval Íñiguez que no puede denigrar a persona alguna por su preferencia sexual porque no faltan fanáticos que oyendo las descalificaciones cardenalicias las traduzca en hechos, en agresiones contra sus destinatarios. No se tolere que el arzobispo de Guadalajara predique la homofobia.
(Te voy a extrañar, Victoria, te voy a extrañar mucho)
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