martes, 27 de noviembre de 2012
Con ánimo de provocar
Vamos a ver, con ánimo de provocar, ¿quién se beneficia con el descontento que está provocando el cerco de San Lázaro y el cierre de tantas estaciones del Metro?
Consideremos:
a) La Policía Federal está al mando del Gobierno Federal
b) El gobierno federal todavía no está en manos del PRI
c) la PF es la encargada de estos cierres (de operarlos y de solicitarlos)
d) laPF está a cargo de la SSP federal
e) la SSP federal está a cargo -todavía- de un funcionario enojado porque no va a conservar su poder y que ha estado siendo señalado con insistencia en tiempos recientes, sobre todo, por su falta de transparencia y la corrupción en el desempeño de sus funciones.
Quizá es un pasaje lleno de curvas y tortuosidades, pero, ¿a quién le conviene dejar el ánimo calientito para el gobierno entrante o por lo menos sentir un poco de placer de emproblemar al que le quita la chamba?
¿No les parece que irse por la descalificación de EPN es irse por la fácil?
domingo, 18 de noviembre de 2012
el hoyo y las hormigas
Caminado por la Del Valle, al bajar de una banqueta, mi pie izquierdo hizo un movimiento contra natura: Un hoyo disfrazado por la pintura amarilla del paso de cebra me provocó una torcedura justo al bajar la acera.
Lo único que me impidió llegar a saludar a las hormigas fue el brazo atento y veloz de mi marido que se cubrió de gloria y me detuvo a tiempo; me apoyó y me llevó hasta el otro lado del arroyo vehicular, donde elegí recargarme en un poste, respirar, reponerme y evitar que se me salieran las lágrimas.
Toda la tarde estuve sintiendo dolor y pensando en las trampas para peatones que hay en la ciudad.
Árboles y tocones que levantan el pavimento; excavaciones para el gas, excavaciones para poner zapatas para postes nuevos, agujeros en los pasos peatonales, agujeros hechos por la compañía de luz, agujeros de la compañía de teléfonos, agujeros de las obras del Gobierno del Distrito Federal...
***
Panchavín solía salir a correr todas las mañanas; antes de que el sol iluminara la ciudad, salía a la calle con su perro y recorría San Pedro de los Pinos.
Construían el Distribuidor Vial San Antonio y en un agujero de la obra fue a dar con toda su humanidad. En sus palabras, sintió que perdió el piso, cayó, golpeó con su hombro en una orilla del agujero y cayó cuan largo era en algo que parecía una tumba, porque cupo, eso contaba, acostado boca arriba.
Cuando reaccionó Kadaffi, su perro, lo miraba con ojos de susto desde arriba y él no podía salir de allí. Intentó mover el brazo derecho y apoyarse en él para incorporarse y no pudo... un dolor fortísimo le hizo darse cuenta de que algo no andaba bien...
Luchó con su brazo izquierdo -y era diestro- para salir del agujero que sólo dejaba fuera su cabeza y como pudo regresó a la casa.
De ahí, al médico: fractura de húmero: un mes sin mover el brazo y seis meses de terapia física... más el dolor y la angustia...
***
Circulábamos una vez en Bucareli cuando un auto que corría adelante de nosotros nos avisó de la presencia de un bache que era el papá de los bachecitos... Mientras nos cambiábamos de carril, el auto tuvo que orillarse porque se rompió su suspensión del tremendo golpe que se llevó.
El conductor se bajó mentando madres y hablando por teléfono.
Afortunadamente, pensé, el gobierno capitalino sabe la condición de la superficie de rodamiento y tiene un programa para pagarle a los conductores que averían sus autos en los baches... la cantidad de requisitos es lo de menos, hombre, el caso es que años después del daño, sabes que van a pagarte a precio anterior lo que haya pasado con tu carro...
***
Todo eso pensaba cuando se me ocurrió preguntarme si a los peatones que nos lastimamos en algún bache nos pagarán por el daño...
¿cuál es la ventanilla, digo yo, a la que hay que acudir para cobrar por la angustia, por el dolor, por el médico, por las radiografías, por el susto?
Si tal ventanilla existe, ¿también tendré que sacarle fotos al bache abusivo y fotos al pie en el sitio de la torcedura?
Si tal ventanilla no existe, ¿no que el gobierno capitalino está preocupado por hacer de la ciudad un sitio amable con los peatones?
Ahora que, pensándolo bien, para que te paguen el daño del auto, tienes que comprobar que no hay multas en tu contra, que no debes tenencias y que tienes todo en orden...
Mejor que no me paguen por el daño en el pie, no sea que me vayan a querer cobrar un impuesto por caminar y otro por cruzar en pasos de cebra seguros... Y lo malo no es eso, sino que vayan a echar a andar un programa de verificación peatonal para hacer válido mi derecho de tener una ciudad segura para todos...
Lo único que me impidió llegar a saludar a las hormigas fue el brazo atento y veloz de mi marido que se cubrió de gloria y me detuvo a tiempo; me apoyó y me llevó hasta el otro lado del arroyo vehicular, donde elegí recargarme en un poste, respirar, reponerme y evitar que se me salieran las lágrimas.
Toda la tarde estuve sintiendo dolor y pensando en las trampas para peatones que hay en la ciudad.
Árboles y tocones que levantan el pavimento; excavaciones para el gas, excavaciones para poner zapatas para postes nuevos, agujeros en los pasos peatonales, agujeros hechos por la compañía de luz, agujeros de la compañía de teléfonos, agujeros de las obras del Gobierno del Distrito Federal...
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Panchavín solía salir a correr todas las mañanas; antes de que el sol iluminara la ciudad, salía a la calle con su perro y recorría San Pedro de los Pinos.
Construían el Distribuidor Vial San Antonio y en un agujero de la obra fue a dar con toda su humanidad. En sus palabras, sintió que perdió el piso, cayó, golpeó con su hombro en una orilla del agujero y cayó cuan largo era en algo que parecía una tumba, porque cupo, eso contaba, acostado boca arriba.
Cuando reaccionó Kadaffi, su perro, lo miraba con ojos de susto desde arriba y él no podía salir de allí. Intentó mover el brazo derecho y apoyarse en él para incorporarse y no pudo... un dolor fortísimo le hizo darse cuenta de que algo no andaba bien...
Luchó con su brazo izquierdo -y era diestro- para salir del agujero que sólo dejaba fuera su cabeza y como pudo regresó a la casa.
De ahí, al médico: fractura de húmero: un mes sin mover el brazo y seis meses de terapia física... más el dolor y la angustia...
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Circulábamos una vez en Bucareli cuando un auto que corría adelante de nosotros nos avisó de la presencia de un bache que era el papá de los bachecitos... Mientras nos cambiábamos de carril, el auto tuvo que orillarse porque se rompió su suspensión del tremendo golpe que se llevó.
El conductor se bajó mentando madres y hablando por teléfono.
Afortunadamente, pensé, el gobierno capitalino sabe la condición de la superficie de rodamiento y tiene un programa para pagarle a los conductores que averían sus autos en los baches... la cantidad de requisitos es lo de menos, hombre, el caso es que años después del daño, sabes que van a pagarte a precio anterior lo que haya pasado con tu carro...
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Todo eso pensaba cuando se me ocurrió preguntarme si a los peatones que nos lastimamos en algún bache nos pagarán por el daño...
¿cuál es la ventanilla, digo yo, a la que hay que acudir para cobrar por la angustia, por el dolor, por el médico, por las radiografías, por el susto?
Si tal ventanilla existe, ¿también tendré que sacarle fotos al bache abusivo y fotos al pie en el sitio de la torcedura?
Si tal ventanilla no existe, ¿no que el gobierno capitalino está preocupado por hacer de la ciudad un sitio amable con los peatones?
Ahora que, pensándolo bien, para que te paguen el daño del auto, tienes que comprobar que no hay multas en tu contra, que no debes tenencias y que tienes todo en orden...
Mejor que no me paguen por el daño en el pie, no sea que me vayan a querer cobrar un impuesto por caminar y otro por cruzar en pasos de cebra seguros... Y lo malo no es eso, sino que vayan a echar a andar un programa de verificación peatonal para hacer válido mi derecho de tener una ciudad segura para todos...
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Abrazo fantasma
Caí como la plaga, cuando nadie me esperaba.
Mi mama se enteró a la antigüita que estaba embarazada y planearon casarse. Mi papá le pidió que no se preocupara; "podemos decir que es sietemesina", la tranquilizó, sólo que no contaba con la que sería una peculiaridad de mi carácter, llevar siempre la contra, así que nací sietemesina de verdad, "y entonces ni modo que dijéramos que eras quintumesina", me explicaba a mí.
Para colmo, Panchavín quería niño... huelga decir que no se le cumplió...
Un amigo lo consolaba: "hombre, Salvador, mejor, los niños se la pasan en la calle y son respondones; las niñas son más dulces, son maleables y no vas a tener problemas con ella"... bueno, eso tampoco se le cumplió.
Así, contra todo presagio, seguí el camino y me volví exactamente como lo pintaba el panorama inicial con un agregado: un genio que junté de bien hartas y variadas inseguridades... gritona, berrinchudita, caprichosona...
En este paisaje, para colmo, mi cumpleaños cae exactamente el día que la UNAM tenía que terminar sus proyecciones de presupuesto para el año siguiente, y mis papás, ambos, trabajaban en la UNAM, es decir, nunca había tiempo.
Por la mañana me cantaban las mañanitas y me llevaban a la escuela; por la tarde, comíamos atropelladamente lo que se podía y todo mundo regresaba a sus actividades.
Eso cuando estábamos en calma, que eran las menos de las veces, porque regularmente mi papá y yo nos peleábamos para estas fechas y nos seguíamos hasta los últimos de diciembre, más allá de su cumpleaños.
Después me fui y, si bien me iba, me tocaba una llamada y una rápida reunión, porque Panchavín siempre tenía cosas que hacer o yo estaba trabajando...
Así se llegó el año 2009. En mucho tiempo sería la primera vez que mi cumpleaños caía en domingo y que estábamos de buenas y que no teníamos nada que hacer.
Hicimos planes, quedamos en comer; un domingo antes Panchavín diseñó el menú, lo puso a mi consideración y el viernes inmediato anterior -13 de noviembre- me llamó para cancelar: "voy a llevar a Santiago a Texcoco y sólo ese día se puede; pero qué te parece si nos vemos en el desayuno del sábado".
Se me hizo un nudo en la garganta de rabia y aun así le dije que sí...
El sábado 14 le llamé y le cancelé cuando él ya estaba en el restaurante: "No voy a ir", le dije por teléfono, y colgué sin darle tiempo de nada más.
El domingo me escribió temprano: "Aunque no lo creas, eres la persona más importante para mí. Te quiero mucho. Feliz cumpleaños".
Hechos son amores, no palabras, le respondí y no volví a hablar con él hasta el día de su cumpleaños, un mes después.
Al año siguiente, en mayo, murió mi papá. Estuve todo el tiempo y no perdí oportunidad de abrazarlo, de besarlo, de decirle "te quiero, papi".
Nada es suficiente, todavía me escuece el abrazo fantasma.Sigo extrañando ese último abrazo de cumpleaños, sigo preguntándome si el 15 de noviembre sería menos doloroso con el recuerdo de esa caricia y más que nunca estoy convencida de que nunca, pase lo que pase, vale la pena dejar de abrazar, de querer, de acariciar por ningún motivo.
Mi mama se enteró a la antigüita que estaba embarazada y planearon casarse. Mi papá le pidió que no se preocupara; "podemos decir que es sietemesina", la tranquilizó, sólo que no contaba con la que sería una peculiaridad de mi carácter, llevar siempre la contra, así que nací sietemesina de verdad, "y entonces ni modo que dijéramos que eras quintumesina", me explicaba a mí.
Para colmo, Panchavín quería niño... huelga decir que no se le cumplió...
Un amigo lo consolaba: "hombre, Salvador, mejor, los niños se la pasan en la calle y son respondones; las niñas son más dulces, son maleables y no vas a tener problemas con ella"... bueno, eso tampoco se le cumplió.
Así, contra todo presagio, seguí el camino y me volví exactamente como lo pintaba el panorama inicial con un agregado: un genio que junté de bien hartas y variadas inseguridades... gritona, berrinchudita, caprichosona...
En este paisaje, para colmo, mi cumpleaños cae exactamente el día que la UNAM tenía que terminar sus proyecciones de presupuesto para el año siguiente, y mis papás, ambos, trabajaban en la UNAM, es decir, nunca había tiempo.
Por la mañana me cantaban las mañanitas y me llevaban a la escuela; por la tarde, comíamos atropelladamente lo que se podía y todo mundo regresaba a sus actividades.
Eso cuando estábamos en calma, que eran las menos de las veces, porque regularmente mi papá y yo nos peleábamos para estas fechas y nos seguíamos hasta los últimos de diciembre, más allá de su cumpleaños.
Después me fui y, si bien me iba, me tocaba una llamada y una rápida reunión, porque Panchavín siempre tenía cosas que hacer o yo estaba trabajando...
Así se llegó el año 2009. En mucho tiempo sería la primera vez que mi cumpleaños caía en domingo y que estábamos de buenas y que no teníamos nada que hacer.
Hicimos planes, quedamos en comer; un domingo antes Panchavín diseñó el menú, lo puso a mi consideración y el viernes inmediato anterior -13 de noviembre- me llamó para cancelar: "voy a llevar a Santiago a Texcoco y sólo ese día se puede; pero qué te parece si nos vemos en el desayuno del sábado".
Se me hizo un nudo en la garganta de rabia y aun así le dije que sí...
El sábado 14 le llamé y le cancelé cuando él ya estaba en el restaurante: "No voy a ir", le dije por teléfono, y colgué sin darle tiempo de nada más.
El domingo me escribió temprano: "Aunque no lo creas, eres la persona más importante para mí. Te quiero mucho. Feliz cumpleaños".
Hechos son amores, no palabras, le respondí y no volví a hablar con él hasta el día de su cumpleaños, un mes después.
Al año siguiente, en mayo, murió mi papá. Estuve todo el tiempo y no perdí oportunidad de abrazarlo, de besarlo, de decirle "te quiero, papi".
Nada es suficiente, todavía me escuece el abrazo fantasma.Sigo extrañando ese último abrazo de cumpleaños, sigo preguntándome si el 15 de noviembre sería menos doloroso con el recuerdo de esa caricia y más que nunca estoy convencida de que nunca, pase lo que pase, vale la pena dejar de abrazar, de querer, de acariciar por ningún motivo.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Del crucero dinámico al paso de cortesía
Hoy vi el anuncio de un novedosísimo dispositivo de la Secretaría de la Seguridad Pública del DF para agilizar el flujo vial y evitar atorones por horas.
Se llama Crucero dinámico y para hacerlo funcionar algunos oficiales de tránsito se encargan de que los conductores se paren antes de los pasos peatonales y no obstruyan las bocacalles.
Por alguna razón misteriosa me acordé de los Cruceros de Cortesía, dispositivos de alta tecnología que fueron implementados para evitar los atorones y agilizar el flujo vial. En estos, además de los oficiales de tránsito, había unos círculos rojos surcados por diagonales blancas que costaron hartos bilimbiques en materia prima y mano de obra.
Al final de cuentas, ambos esfuerzos están dirigidos a un fin común: que los conductores respeten el paso peatonal y el cruce de los autos que circulan por otras calles... que los conductores tengan la mínima educación cívica, que respeten, en resumen, el reglamento de tránsito.
En efecto, el artículo 4 del Reglamento Metropolitano de Tránsito establece las sanciones por no respetar el paso peatonal: una multa de 650 pesos que, si se paga en los primeros días, se reduce a 350 pesos. Por no respetar la luz roja o por obstruir el bocacalle, el artículo 66 establece una sanción pecuniaria de 5 días de salario mínimo.
Entonces, si ya están en el reglamento y sabemos que nos puede costar, ¿por qué no respetamos las reglas? Parece que somos ciudadanos en plena adolescencia, necesitados de pilmama que se cerciore de que hacemos las cosas y de que no atentamos contra nosotros mismos.
Porque sí, al pararnos donde no debemos no sólo faltamos al reglamento de tránsito, ponemos en riesgo nuestra integridad física: ¿qué tal que un huey viene hecho la duro y se nos estampa de ladito?, ¿qué tal que el huey al que le estorbamos en realidad es un guarro que sale más cabrón que bonito y nos sorraja un disparo? ¿Y qué tal que le estorbamos a una persona con discapacidad que sufre un accidente gracias a nuestra falta de educación?, ¿y si se muere alguien que debía llegar al hospital sólo porque no se nos dio la gana quitarnos?
Medio metro es medio metro, dicen los gañanes que no respetan las distancias; en materia de respeto a la vida no vale ni un segundo... en materia de respeto a las señales de tránsito no vale ni un pestañeo...
Porque sentimos que somos de avanzada si no respetamos las reglas, porque creemos que sabemos más que los que las hicieron y sentimos que quienes las respetan son unos perdedores conformistas; pero si alguien nos aplica a nosotros la de romper las reglas nos sentimos ofendidos y clamamos a los cielos que un rayo parta al perdulario que nos ha faltado al respeto, casi como si mancillara nuestra honra.
Porque si nos salimos con la nuestra, nos sentimos bien chingones: "A huevo", decimos, "la pinche tira me la pela"... Pero parecemos niños pequeños cuando algo nos pasa y hasta nos sale la fe más profunda: "Diosito, sácame de esta y te juro que no lo vuelvo a hacer".
Se llama Crucero dinámico y para hacerlo funcionar algunos oficiales de tránsito se encargan de que los conductores se paren antes de los pasos peatonales y no obstruyan las bocacalles.
Por alguna razón misteriosa me acordé de los Cruceros de Cortesía, dispositivos de alta tecnología que fueron implementados para evitar los atorones y agilizar el flujo vial. En estos, además de los oficiales de tránsito, había unos círculos rojos surcados por diagonales blancas que costaron hartos bilimbiques en materia prima y mano de obra.
Al final de cuentas, ambos esfuerzos están dirigidos a un fin común: que los conductores respeten el paso peatonal y el cruce de los autos que circulan por otras calles... que los conductores tengan la mínima educación cívica, que respeten, en resumen, el reglamento de tránsito.
En efecto, el artículo 4 del Reglamento Metropolitano de Tránsito establece las sanciones por no respetar el paso peatonal: una multa de 650 pesos que, si se paga en los primeros días, se reduce a 350 pesos. Por no respetar la luz roja o por obstruir el bocacalle, el artículo 66 establece una sanción pecuniaria de 5 días de salario mínimo.
Entonces, si ya están en el reglamento y sabemos que nos puede costar, ¿por qué no respetamos las reglas? Parece que somos ciudadanos en plena adolescencia, necesitados de pilmama que se cerciore de que hacemos las cosas y de que no atentamos contra nosotros mismos.
Porque sí, al pararnos donde no debemos no sólo faltamos al reglamento de tránsito, ponemos en riesgo nuestra integridad física: ¿qué tal que un huey viene hecho la duro y se nos estampa de ladito?, ¿qué tal que el huey al que le estorbamos en realidad es un guarro que sale más cabrón que bonito y nos sorraja un disparo? ¿Y qué tal que le estorbamos a una persona con discapacidad que sufre un accidente gracias a nuestra falta de educación?, ¿y si se muere alguien que debía llegar al hospital sólo porque no se nos dio la gana quitarnos?
Medio metro es medio metro, dicen los gañanes que no respetan las distancias; en materia de respeto a la vida no vale ni un segundo... en materia de respeto a las señales de tránsito no vale ni un pestañeo...
Porque sentimos que somos de avanzada si no respetamos las reglas, porque creemos que sabemos más que los que las hicieron y sentimos que quienes las respetan son unos perdedores conformistas; pero si alguien nos aplica a nosotros la de romper las reglas nos sentimos ofendidos y clamamos a los cielos que un rayo parta al perdulario que nos ha faltado al respeto, casi como si mancillara nuestra honra.
Porque si nos salimos con la nuestra, nos sentimos bien chingones: "A huevo", decimos, "la pinche tira me la pela"... Pero parecemos niños pequeños cuando algo nos pasa y hasta nos sale la fe más profunda: "Diosito, sácame de esta y te juro que no lo vuelvo a hacer".
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