Voy a votar el domingo, sí. Voy a votar después de haber pensado muchas cosas y aun cuando las emociones me ganan.
He conocido a los candidatos, he leído sobre ellos y sé que no hay uno solo de quien no haya razones para quejarse.
He manifestado en repetidas ocasiones mi preferencia por la izquierda y francamente no creo que su candidato sea la opción inmaculada que los fanáticos nos quieren vender.
Es más, sé que su discurso de la república amorosa no es más que una estrategia, una máscara que cubre su verdadero rostro. Sé que su "austeridad republicana" es un mito y que eso de que no va a favorecer a sus familiares es una estafa de lo peor.
Mi papá confiaba en él. Creía en sus palabras a pie juntillas y votó con toda la esperanza en su discurso cuando Andrés Manuel López Obrador buscaba la jefatura de Gobierno del DF.
Esperaba seguir trabajando para su gobierno, pero lo despidieron de la peor manera.
El 15 de diciembre del año 2000 se dio cuenta de que no habían depositado su quincena, fue a la caja de la dependencia de gobierno donde trabajaba (Dirección General de Patrimonio Inmobiliario del DF), sólo para que le dijeran que allí tenían su cheque, pero no podrían dárselo, hasta que pasara por Recursos Humanos.
En esa área le indicaron que estaba despedido, pero que debía firmar una renuncia para que le autorizaran la entrega del cheque. Lo hizo.
Pero si Andrés Manuel había dicho que no despediría a nadie, que todos podrían estar tranquilos, se repetía mentalmente una y otra vez.
¿Cuál fue su pecado? Simple, se negó a firmar un responsiva por la camioneta que le iban a dejar a uno de los hijos del flamante nuevo jefe de Gobierno para que anduviera por la ciudad echando desmadre. Como se negó a firmar por algo que no estaría a su cuidado, le indicaron por dónde estaba la salida.
Afortunadamente era un buen abogado y sabía que los derechos de los trabajadores son irrenunciables y empezó el proceso legal. No pudieron con él, el laudo salió favorable. Nunca intentó cobrar lo que la justicia dijo que debían pagarle, a pesar de los retruécanos que intentó la jefatura de gobierno para desacreditarlo y para negarse a cumplir con su responsabilidad.
Pero no sólo eso, a la mamá del otro hijo de mi papá (ese pecadillo, dirían las abuelas) la despidieron por negarse a que le descontaran una cantidad quincenal que pasaría a la cuenta de Honestidad Valiente y desde donde le pagarían a AMLO un sueldo mensual. Ella se negó, se retorció, no renunció y la acosaron hasta que decidió irse e interponer, incluso, una queja en la Comisión Nacional de Derechos Humanos y en la Comisión de Derechos Humanos del DF. No sé cuál fue el destino de esos procesos legales, porque mi papá murió antes de que concluyeran, pero sí sé que ocurrió.
Como también puedo decir que al hermano de uno de mis amigos más queridos lo despidieron por las mismas razones y que cuando ganó el laudo, el Gobierno del Distrito Federal retrasó por tres años el pago de sus derechos, negándose a cumplir a tiempo lo que había decretado la justicia de la que tanto habla López Obrador.
Así, pues, sí creo que, como dijo Sicilia, es mesiánico y autoritario; lo he visto, le ha pegado directamente a lo que más quiero y ha provocado dolor y desconcierto.
Después de su desilusión con la izquierda, mi papá trabajó con gobiernos panistas y murió pensando que los izquierdistas en realidad son hipócritas. Después de su salida y su demanda, sólo le escuché denuestos para la izquierda que tanto protegió, en la que me crió.
Aun así, creo firmemente que hechos son amores, no palabras, y por eso voy a votar por esa misma izquierda, por ese mismo personaje.
Estoy convencida de que este país necesita probar nuevos caminos, nuevas formas, nuevas estrategias y no creo que el PRI haya cambiado un ápice, ni me ha gustado lo que vi en los gobiernos del PAN, ninguno ha hecho un papel decoroso.
Del Panal y las franquicias familiares que medran del erario, ni hablar.
Sin embargo, tampoco creo que haya fórmulas mágicas ni que los gobernantes sean los únicos responsables de hacer que esta rueda gire. Hechos son amores y creo que si realmente queremos cambiar el rumbo, es responsabilidad nuestra... y sí, esa responsabilidad empieza en la casilla, pero sigue todos los días de nuestra vida, revisando propuestas y haciendo nuestra tarea, pidiendo cuentas e involucrándonos en la vida del país donde vivimos.
La grilla, los manotazos, las marchas no sirven si no van acompañados de la acción, así que, amando realmente este país, repito: hechos son amores, no palabras... ¿ustedes qué van a hacer por el sitio donde viven?
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