Sin importar quién fueras, a qué te dedicaras o qué estuvieras haciendo en ese preciso momento, mi abuela se encargaba de que te movieras de ese sitio, porque sólo Don Luis podía ocupar esa esquina de la mesa familiar.
***
Don Luis era una figura de autoridad. Su sola presencia imponía orden. Era un hombre más bien de corta estatura y abdomen voluminoso. Vestía de pantalón oscuro, guayabera de colores varios y botines. Todos los días usaba sombrero y solía ponerse un abrigo oscuro largo, muy largo, que colgaba detrás de la puerta.
La llegada de Don Luis generaba expectativa y llenaba el ambiente de una sensación extraña.
No importaba si Doña Queta te había regañado o incluso si te había dado algunos chanclazos, la llegada del abuelo era la antesala de los más terribles castigos después de que aquella frase fuera pronunciada: "Nomás espérate a que lo sepa tu padre".
La verdad, a mí nunca me tocó llegar a alguno de los círculos de ese infierno, pero supongo que así era cuando recuerdo la nube que se cernía sobre todos ya cerca de las ocho y media de la noche.
Escuchar a los perros ladrar, el sonido de las llaves en la puerta de la entrada, los pasos del abuelo en el corredor y la puerta de la casa, eran las señales para levantarse y acercarse a la puerta para depositar un beso en la mejilla de Don Luis. Buenas noches, abue, soltaba yo, y regresaba al sillón. Los demás, mis tíos, sus hijos, lo seguían en orden al comedor, donde el abuelo tomaba posesión de su lugar, vaciaba el ajo en su mano y lo tomaba con largo trago de agua. Se limpiaba el bigote y cruzaba las manos sobre la barriga. Empezaba el momento de la abuela.
***
Doña Queta era una mujer de buena, muy buena madera: se embarazó por lo menos 13 veces, parió 11 hijos y crió a 10, además de que cuidó a tanto nieto como sus hijos pusieron en sus manos. Y lo hizo bien, sin cansarse ni quejarse.
Ella se levantaba primero que todos y preparaba una enorme olla de té de boldo para repartir tazas entre todos, que sí o sí tenías que tomar como primer alimento de la mañana, tan pronto abrías los ojos.
Sin chistar, preparaba desayuno para todos y no paraba en todo el día, no sólo hacía las comidas, iba al mercado y limpiaba la casa, sino que también se desempeñaba como carnicero, plomero, enfermera, hierbera o lo que fuera necesario.
Recuerdo haberla visto metida hasta el cuello en una coladera, para destapar la tubería y evitar que se inundara la casa; también la vi cortando hojas y poniéndolas en la herida de alguno de todos los chamacos, para evitar una infección, sobando huesos y acomodándolos en su lugar o dando una "friega de alcohol alcanforado" para curar de espanto. Untar pan puerco contra el empacho también era su especialidad.
Cuando había que blandir el cinturón o la chancla, nadie la superaba. Lo mismo si había que darle un escarmiento al perro que había tirado a una de las hijas, que si había que darle una lección a alguno de los traviesos chamacos que siempre revoloteaban por allí.
Ella era la fuerza, el castigo que Don Luis podía imponerte dolía en el alma, el que Doña Queta te había recetado desde antes, dolía, definitivamente, en el cuerpo.
****
Doña Queta dejaba la fuerza a un lado cuando de estar con Don Luis se trataba; él sólo necesitaba una mirada para hacerte saber su descontento; ella gritaba para que escucharas bien que no ibas a tener una tarde tranquila.
Pero él se desarmaba y se convertía en un niño cada mañana, cuando Doña Queta se encargaba de que saliera de la casa convertido en dandy. Y ella se volvía un mujer frágil cuando dejaba que él tomara el control de la familia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario