Cuando perdemos a alguien querido entramos en un proceso de duelo.
El manual de neurofisiología indica que el impacto, el estrés de la pérdida, dispara el triángulo de neurotransmisores: la adrenalina que nos mantiene alertas, para saber qué hacer y cómo reaccionar y reaccionar a tiempo; la serotonina que nos ayuda a mantener el estado de alerta desatado por la adrenalina; y la dopamina, que se libera de golpe cuando la situación nos enoja... y luego cae de golpe. Este proceso físico, que realmente ocurre en el cerebro, tarda de 21 días a seis meses en pasarse.
Las emociones desatadas, cómo reaccionamos antes de la partida y después, las cosas que nos decimos o que te dijimos, dice el manual de psicología, se tardan dos años en sanar. Elaborar el duelo, le dicen los tanatólogos.
Esta tragedia, la de pertderte, papá, requiere inexcusablemente que reconozcamos públicamente cuánto nos ha dolido tu ausencia, que atravesemos un proceso de duelo tocando nuestras emociones, por más dolorosas que sean.
De acuerdo con la academia de la lengua, duelo viene del latín "dolum", dolor; pero también significa un tipo formal de lucha o combate.
Dios no nos pone frente a sucesos que no podamos afrontar. En su inmensa, infinita sabiduría, no nos da a masticar lo que no podamos tragar... sólo que cada quien masca a su tiempo y a su manera.
Omar y Monse, papá, están entretenidos con Emma, tu nieta. Ella crece, más que crece, florece bella, pero como en la naturaleza, una planta virtuosa está rodeada de hierba viciosa y la pequeña tiene el genio atravesado. Vaya, sobre el muerto las coronas: sacó tu temperamento.
Yo, cada día tomo frases y actitudes tuyas, y no aprendo. Las relaciones públicas no se me dan y cambio de trabajo con alguna facilidad. Del temperamento, mejor no hablamos... lo intento, trabajo, pero no me sale.
Eso, papá, en la cotidianidad, pero a veces hay cosas que nos sorprenden, casi como señales. El viernes una marimba se apostó debajo de la ventana de la recámara de mi mamá. Como hace dos años, empezaron tocando Las Chiapanecas.
Y allí es donde viene la lucha interna: la ausencia duele, el recuerdo de la situación lastima, pero yo decido qué sigue: continuar sufriendo o recordar tu sonrisa...
Esa marimba, mamá, no era para llorar, era para recordar que nos congregabas, que nos unías alrededor tuyo, que te teníamos físicamente, sí, pero hoy te seguimos teniendo de otra manera.
Porque estabas fuera y ahora habitas en lo más profundo de cada uno de nosotros, en nuestra memoria emocional y en nuestros recuerdos.
Qué queremos: ¿sufrir porque ya no estás o celebrar que viniste, viviste y dejaste algo especial en cada uno?
Dice la academia de la lengua que duelo viene del latín dolum, dolor, y dice también que duelo es un tipo de lucha formal.
En la vida, para aprender, para crecer, el dolor es obligatorio, es el camino para florecer...
Sufrir, sufrir es opcional, sufrir es decisión de cada uno.
Yo prefiero pensar que Dios, en su infinita sabiduría, te dejo con nosotros el tiempo exacto para aprender, para deprender lo mejor de ti y celebrarte. Gracias, papá, por tus sonrisas y Gracias Dios por dejarte en este mundo 64 años para compartir tu amor y sembrar una semilla en cada uno de nosotros.
domingo, 29 de abril de 2012
jueves, 5 de abril de 2012
Fortaleza y autoridad
Cada noche, cuando llegaba mi abuelo, en su lugar de la mesa lo aguardaba un diente de ajo finamente picado, un vaso de agua y la silla vacía.
Sin importar quién fueras, a qué te dedicaras o qué estuvieras haciendo en ese preciso momento, mi abuela se encargaba de que te movieras de ese sitio, porque sólo Don Luis podía ocupar esa esquina de la mesa familiar.
***
Don Luis era una figura de autoridad. Su sola presencia imponía orden. Era un hombre más bien de corta estatura y abdomen voluminoso. Vestía de pantalón oscuro, guayabera de colores varios y botines. Todos los días usaba sombrero y solía ponerse un abrigo oscuro largo, muy largo, que colgaba detrás de la puerta.
La llegada de Don Luis generaba expectativa y llenaba el ambiente de una sensación extraña.
No importaba si Doña Queta te había regañado o incluso si te había dado algunos chanclazos, la llegada del abuelo era la antesala de los más terribles castigos después de que aquella frase fuera pronunciada: "Nomás espérate a que lo sepa tu padre".
La verdad, a mí nunca me tocó llegar a alguno de los círculos de ese infierno, pero supongo que así era cuando recuerdo la nube que se cernía sobre todos ya cerca de las ocho y media de la noche.
Escuchar a los perros ladrar, el sonido de las llaves en la puerta de la entrada, los pasos del abuelo en el corredor y la puerta de la casa, eran las señales para levantarse y acercarse a la puerta para depositar un beso en la mejilla de Don Luis. Buenas noches, abue, soltaba yo, y regresaba al sillón. Los demás, mis tíos, sus hijos, lo seguían en orden al comedor, donde el abuelo tomaba posesión de su lugar, vaciaba el ajo en su mano y lo tomaba con largo trago de agua. Se limpiaba el bigote y cruzaba las manos sobre la barriga. Empezaba el momento de la abuela.
***
Doña Queta era una mujer de buena, muy buena madera: se embarazó por lo menos 13 veces, parió 11 hijos y crió a 10, además de que cuidó a tanto nieto como sus hijos pusieron en sus manos. Y lo hizo bien, sin cansarse ni quejarse.
Ella se levantaba primero que todos y preparaba una enorme olla de té de boldo para repartir tazas entre todos, que sí o sí tenías que tomar como primer alimento de la mañana, tan pronto abrías los ojos.
Sin chistar, preparaba desayuno para todos y no paraba en todo el día, no sólo hacía las comidas, iba al mercado y limpiaba la casa, sino que también se desempeñaba como carnicero, plomero, enfermera, hierbera o lo que fuera necesario.
Recuerdo haberla visto metida hasta el cuello en una coladera, para destapar la tubería y evitar que se inundara la casa; también la vi cortando hojas y poniéndolas en la herida de alguno de todos los chamacos, para evitar una infección, sobando huesos y acomodándolos en su lugar o dando una "friega de alcohol alcanforado" para curar de espanto. Untar pan puerco contra el empacho también era su especialidad.
Cuando había que blandir el cinturón o la chancla, nadie la superaba. Lo mismo si había que darle un escarmiento al perro que había tirado a una de las hijas, que si había que darle una lección a alguno de los traviesos chamacos que siempre revoloteaban por allí.
Ella era la fuerza, el castigo que Don Luis podía imponerte dolía en el alma, el que Doña Queta te había recetado desde antes, dolía, definitivamente, en el cuerpo.
****
Doña Queta dejaba la fuerza a un lado cuando de estar con Don Luis se trataba; él sólo necesitaba una mirada para hacerte saber su descontento; ella gritaba para que escucharas bien que no ibas a tener una tarde tranquila.
Pero él se desarmaba y se convertía en un niño cada mañana, cuando Doña Queta se encargaba de que saliera de la casa convertido en dandy. Y ella se volvía un mujer frágil cuando dejaba que él tomara el control de la familia.
martes, 3 de abril de 2012
La prima Vera
El día que enterramos a Don Luis, justo cuando bajaba el ferétro, cayó un aguacero inesperado. Tapadas apenas con el saco de mi papá, mi mamá y yo corrimos a guarecernos al carro.
En cuanto el ataúd llegó al fondo de la tumba, el cielo se abrió y volvió el sol en todo su esplendor.
Regresamos al lado de mi abuela y seguimos, firmes, pero llorosas y mocosas, el entierro.
***
A principios de marzo, cada año, la casa de la abuela se llenaba de aroma a pintura: las paredes interiores cambiaban de color, las puertas recuperaban el brillo, el piso era lavado a conciencia. Bueno, hasta sacaban la enorme mesa del comedor para limpiar bien el sitio. La cocina se despedía de su cochambre, las conejeras veían el jabón.
El piso de la casa de la bisabuela María recibía el color rojo tradicional que le confería el congo; un polvo rojo que se hervía y dejaba la madera protegida, además de que la teñía de colorado.
Y todo eso era, decía mi abuelo, para recibir a la Prima Vera.
Se trataba de un familiar que Don Luis parecía esperar con mucho gusto. Llegaba, decía el abuelo, entre el 20 y el 21 de marzo.
Yo pensaba en una mujer rubia, alta, de cabello lacio peinada con chongo y muchas veces deseé verla descender de un taxi con todas sus maletas.
Nunca la vi. Y eso era un gran misterio, porque el 21 de marzo no íbamos a la escuela, así que me recargaba en el pretil de la ventana a esperar el taxi.
Tampoco vi imágenes suyas en fotografía ni la recordaba en las películas familiares, pero cuando preguntaba por ella, cuando le preguntaba a mi abuelo por ella, la respuesta era la misma: "Llegó ayer en la noche. Va a estar por acá unos tres meses".
Así, hasta que me atreví a preguntarle a mi papá: ni era prima ni venía de Austria. A mi abuelo le gustaba la estación de la ropa vaporosa y los hombros descubiertos, la de los zapatos de tiritas y las faldas cortas y volvía el 21 de marzo una fiesta.
Mi abuelo, Don Luis, murió un lunes 20 de marzo. El velorio estuvo lleno de gente que lo quería y que iba cada día de su cumpleaños y de su santo a la casa familiar, aun sin invitación, porque sabían que el mero día, aunque fuera entre semana, habría fiesta.
Todos sus compadres y sus familiares hicieron guardia de honor el lunes. El martes 21, de Lindavista nos fuimos a Tlalnepantla, donde lo enterraron. Mis tíos se pusieron mal allí. Yo lloré por primera vez allí. El sol nos jugó una mala pasada mientras el sacerdote decía un sermón.
El tío Salvador, un hermano de mi abuelo, comentaba con mi mamá la salud mental de mi abuelo: "Pobre de mi hermano, yo creo que ya no estaba muy bien. Siempre hablaba de una tal prima que venía de Austria, pero no recuerdo a nadie así en la familia".
Y cuando el sepulturero comenzó el descenso de la caja, el cielo se oscureció como si fueran las siete de la noche.
Llovió con furia por unos minutos, 10, 15 minutos de agua rabiosa para decirle adiós a Don Luis.
Nunca, desde entonces, el 21 de marzo fue más festivo ni más doloroso.
En cuanto el ataúd llegó al fondo de la tumba, el cielo se abrió y volvió el sol en todo su esplendor.
Regresamos al lado de mi abuela y seguimos, firmes, pero llorosas y mocosas, el entierro.
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A principios de marzo, cada año, la casa de la abuela se llenaba de aroma a pintura: las paredes interiores cambiaban de color, las puertas recuperaban el brillo, el piso era lavado a conciencia. Bueno, hasta sacaban la enorme mesa del comedor para limpiar bien el sitio. La cocina se despedía de su cochambre, las conejeras veían el jabón.
El piso de la casa de la bisabuela María recibía el color rojo tradicional que le confería el congo; un polvo rojo que se hervía y dejaba la madera protegida, además de que la teñía de colorado.
Y todo eso era, decía mi abuelo, para recibir a la Prima Vera.
Se trataba de un familiar que Don Luis parecía esperar con mucho gusto. Llegaba, decía el abuelo, entre el 20 y el 21 de marzo.
Yo pensaba en una mujer rubia, alta, de cabello lacio peinada con chongo y muchas veces deseé verla descender de un taxi con todas sus maletas.
Nunca la vi. Y eso era un gran misterio, porque el 21 de marzo no íbamos a la escuela, así que me recargaba en el pretil de la ventana a esperar el taxi.
Tampoco vi imágenes suyas en fotografía ni la recordaba en las películas familiares, pero cuando preguntaba por ella, cuando le preguntaba a mi abuelo por ella, la respuesta era la misma: "Llegó ayer en la noche. Va a estar por acá unos tres meses".
Así, hasta que me atreví a preguntarle a mi papá: ni era prima ni venía de Austria. A mi abuelo le gustaba la estación de la ropa vaporosa y los hombros descubiertos, la de los zapatos de tiritas y las faldas cortas y volvía el 21 de marzo una fiesta.
Mi abuelo, Don Luis, murió un lunes 20 de marzo. El velorio estuvo lleno de gente que lo quería y que iba cada día de su cumpleaños y de su santo a la casa familiar, aun sin invitación, porque sabían que el mero día, aunque fuera entre semana, habría fiesta.
Todos sus compadres y sus familiares hicieron guardia de honor el lunes. El martes 21, de Lindavista nos fuimos a Tlalnepantla, donde lo enterraron. Mis tíos se pusieron mal allí. Yo lloré por primera vez allí. El sol nos jugó una mala pasada mientras el sacerdote decía un sermón.
El tío Salvador, un hermano de mi abuelo, comentaba con mi mamá la salud mental de mi abuelo: "Pobre de mi hermano, yo creo que ya no estaba muy bien. Siempre hablaba de una tal prima que venía de Austria, pero no recuerdo a nadie así en la familia".
Y cuando el sepulturero comenzó el descenso de la caja, el cielo se oscureció como si fueran las siete de la noche.
Llovió con furia por unos minutos, 10, 15 minutos de agua rabiosa para decirle adiós a Don Luis.
Nunca, desde entonces, el 21 de marzo fue más festivo ni más doloroso.
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