domingo, 17 de marzo de 2013

Abracemos a Pepe

He de confesar que entre todas mis peculiaridades, de niña tenía tendencias suicidas: mil veces intenté acabar conmigo yéndome por el caño, literalmente.
En casa de mi abuela Enriqueta, donde pasé muchas horas, también hice gala de mi temperamento e insistía en entrar sola al sanitario y encerrarme con seguro, aunque invariablemente caía en la taza como en una trampa y sólo me quedaban fuera los brazos, las piernas y la cabeza, para gritar como cerdo en el matadero y moverme de manera ridícula.
De este trance me sacaban, invariablemente, Pepe y Gonzalo, hermanos de mi mamá.
Para ponerme a salvo de mí misma, las más de las veces tenían que zafar el vidrio de la ventana, para abrir el marco de la ventana y saltar las macetas para entrar en el sanitario y rescatarme, abriendo, después, desde adentro la puerta.
Una vez afuera, me consolaban, me limpiaban los mocos y me enjugaban las  lágrimas mientras mi abuela me regañaba y vociferaba por mi necedad.
Aun ahora, cuando veo a Gonzalo o a Pepe, el afecto, el cariño que siento por mis dos héroes me sale por los ojos. 

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Además de la genética, comparto con Pepe una seña particular, que le dicen: una cicatriz en la mejilla izquierda.
La mía apareció en la infancia, en el kínder, cuando me corté con un pedazo de lata por andar dando ídem con los niños que no me dejaban jugar con ellos.
La de Pepe apareció cuando se atravesó en el trayecto de un palo de piñata que se partió en dos cuando un adolescente impetuoso le pegó a la estrella de siete picos. Un extremo se quedó en manos del adolescente y el otro extremo, peligrosamente afilado, recorrió a parte de la concurrencia, y se clavó exactamente en la mejilla de Pepe. 
Me parece que olvidé decir que el adolescente impetuoso se llamaba Salvador y muchos años después de este suceso se volvería mi papá.
La cicatriz se quedó para siempre en la cara de Pepe y también una especie de lazo especial entre mi papá y mi tío.

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Pepe no sólo me salvó cuando me sacó del baño mil veces, también me salvó cuando dibujaba a escala por mí, para mis trabajos escolares, o cuando dedicaba horas y horas a explicarme las operaciones matemáticas más complicadas.
Ecuaciones de segundo grado, algoritmos y otras delicias crearon otro fuerte vínculo con el hermano de mi mamá. 
No porque mi cerebro acabara comprendiendo la complejidad de las ecuaciones de segundo grado, sino por la infinita paciencia de mi querido tío... Después de todo, ya había demostrado que estaría allí, sin importar cuán apestosa fuera la situación.

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Hace dieciocho años, cuando Sty y yo empezamos a compartir la vida, sólo mis papás y Pepe se alegraron.
Olga y Pepe incluso nos regalaron el primer juego de cubiertos que tuvimos en casa (y en la mayoría de edad de la vida de pareja, todavía están por allí, completos, los cubiertos).

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El caso es que Pepe, José Luis o Pepín Mangüé, como le decía mi papá, cumple 60 años el martes, y, dada la esperanza de vida en nuestros tiempos, no tendría ningún mérito, si no fuera porque Pepe, querido Pepe, recién salió de un cáncer de tiroides muy agresivo, que incluso ser había extendido a la tráquea, al oído y amenazaba con hacer metástasis a los pulmones y al cerebro.
Porque Dios es grande y cuida de lo pequeño y gracias a la ciencia y a los doctores, Pepe está aquí, es sobreviviente...
Francamente creo que no podría ser de otra manera, es tan bueno, que merecemos que Pepe se quede por acá un rato más para compartirnos de su amor y para que ahora nosotros, estemos allí para salvarlo si él lo pide.
Yo, por lo menos, estoy más que apuntada en primera fila.
Feliz cumpleaños, Pepín Mangüé.

sábado, 9 de marzo de 2013

Canela fina...

Llegábamos en bola a Puente Viejo, como una visita obligatoria cuando íbamos de vacaciones a Guadalajara.
Llegábamos a jugar con los balones, con la pera, jugábamos beisbol o nos dejábamos rodar por el pasto, desde la parte alta, donde estaba la casa, hasta la reja, en la parte más baja del terreno.
En bicicleta, corriendo, brincando o simplemente echados en la hierba, leyendo.
Ésa era mi favorita porque nunca fui buena para las actividades físicas.
En realidad nos divertíamos, pero nos molestábamos mutuamente...
Eso sí, cuidado con los extraños.

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Vivir en una ciudad con poco terreno y harta población no es fácil; todos creemos que somos los únicos con prisa, que estamos tan cansados que la gente debería levantarse a ofrecernos el asiento, que Dios debería abrir el flujo vial cual mar rojo ante nuestra sola presencia, y después abrir espacio en un sitio seguro y sin grúas o arañas para que nos podamos estacionar, sin estorbos ni franeleros ni parquímetros de preferencia.
Lo malo es que no funciona así, siempre habrá otros, muy cerca, con los cuales convivir en todo el trayecto de un lado al otro y en el propio destino. Y peor, aun en casa no será posible, jamás, estar completamente solos... pero somos canela fina y el de al lado siempre es molesto y siempre nos quejamos porque no nos entiende o porque no hace las cosas como queremos a la hora que queremos en el momento que lo queremos.

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En la Ciudad de México hay apariciones: cada día surgen carriles confinados nuevos, que obligan a los camiones, motocicletas y automóviles a compartir "su espacio".
Los conductores andan que no los calienta ni el sol porque cada vez tienen menos superficie de rodamiento: "Cómo cree, si ya éramos muchos y ahora esto. ¿A dónde quieren mandarnos?", me dijo muy ofendido un taxista.
No sé por qué se quejan tanto, si, de todas formas, el espacio que quitaron de las calles es el que utilizaban los conductores para estacionarse de manera indebida y de todas formas no lo tenían para rodar, porque era tierra muerta.
Ahora, los ciclistas tienen un espacio para circular, si los microbuses y los camiones los dejan y si no hay un despistado que se estacione allí, sólo para que en un segundo aparezcan los tránsitos a hacérsela sentir.

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Los ciclistas van tomando fuerza: en las empresas ahora hay espacios especiales para que estacionen las bicis, las calles van abriéndoles sitio y ya no tienen que andar haciendo malabares para circular, lo malo es que ahora sienten que todo mundo debe abrirse cuando vienen.
Circulan en sentido contrario, se meten al carril del metrobús y se avientan a los peatones... que, por cierto, también son parte de la fauna urbana.
Un ciclista me amenazó el otro día, mientras yo circulaba en mi carril, y él venía en sentido contrario. La calle estaba llena y el tránsito era una calamidad (estampa cotidiana), pero como no me abrí para dejarlo pasar, me recordó en florido lenguaje que el GDF está muy preocupado por impulsar el uso de la bici y amagó con rayarme la camioneta.
Convendría que los ciclistas recuerden que, en el reglamento de tránsito, por lo pronto, sus vehículos tienen el mismo peso específico que una moto, una camioneta, un auto compacto... y, por tanto, son responsables por los daños que causen en otro vehículo o por lastimar un peatón y, por cierto, si ocurre un accidente con ellos circulando en sentido contrario, son responsables del accidente... y nada mejor que cuidar la vida, creo yo.

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La vida no vale nada, parecen decir los peatones que buscan el momento de atravesarse corriendo por donde no deben, de aquellos que prefieren correr y ganarle al trole que usar el paso peatonal o de los que caminan por abajo de la banqueta, y el del carro que se espere...
Como peatones, somos capaces de tirarnos al drama y hacernos las víctimas si el del carro nos echa lámina, pero nos olvidamos con facilidad de que también hay reglas que se aplican a nosotros. Es más, preferimos hacer como que no vemos el semáforo peatonal antes que esperar 10 segundos o detenernos para que pasen los carros de la calle que tiene el siga... Sí, la canción de José Alfredo bien puede ser el himno favorito de los peatones, de los ciclistas, de los automovilistas, de los microbuseros y de los motociclistas...

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La cosa es que todos nos creemos especiales y podremos no llevarnos bien con el de al lado, pero si viene un elemento extraño y externo a alterar nuestro delicado equilibrio, que también pasa por nuestros pleitos y nuestras mentadas de madre y nuestras tocadas de pito, porque para hacer sonar el claxon tenemos la mano sueltita, ¿o no?
Y no importa cuanto tengamos en común con la especie de al lado, de todas formas encontramos la manera de hacerla sentir que nos disgusta, que nos cae mal y que nomás no queremos compartir con ella...

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De niña fui bastante berrinchudita... y estoy segura que todos tuvimos una etapa así. Como primos, podíamos no llevarnos bien y hasta hacernos feos, pero llegar Puente Viejo y encontrarnos a un niño que además de chiqueado y berrinchudo era ruso, ¡eso sí era el colmo!
Que nosotros fuéramos chillones y mal educados era una cosa, pero que ese extraño viniera con sus juguetes y su mamá consentidora y palabras que no entendíamos, a hacernos un drama y que nos regañaran por no tolerarlo, eso sí no se lo podíamos consentir a nadie.
Así que tomamos cartas en el asunto y le quitamos lo que más le gustaba: una combi de juguete... ¡La machina, la machina!, gritaba como alma en pena por todo el terreno mientras sus lágrimas güeras y sus rusos mocos le corrían por la cara...
Mi mamá (ay, las mamás) decidió poner orden y torturó a uno de nosotros, cuyo nombre me reservo pero no fui yo, hasta que confesó quién maquinó el plan y dónde estaba el chingado juguete.
Nos sentimos traicionados y molestos porque ahora volvía el chingado escuincle con su chingado juguete a dar lata.
Francamente, qué nos costaba dejarlo en paz y que jugara por allá, solo si quería, pero que viniera a quitarnos el espacio para que peleáramos, eso no se le puede tolerar a nadie. ¡Faltaba más!