viernes, 19 de octubre de 2012

Primera, segunda, tercera...

No voy a negarlo, ver a Alonso Lujambio en su primera aparición en la cámara de Senadores me conmovió profundamente.
Su imagen, sentado en una silla de ruedas, con un parche en el ojo, sin pelo... no pude evitar recordar el impacto que me causó cuando lo conocí en MVS, cuántas veces me lo topé en los pasillos de Televisa y cómo babeaba viéndolo pasar a mi lado. Debo decir que siempre me dirigía un educado saludo, pero dudo mucho que me haya visto siquiera.
No importa, sin embargo, cuánto me haya movido, porque de verdad me indignó cómo nos contagiamos del síndrome Cleto El Fufuy y, tan luego murió, se volvió casi-prócer.
Sin restarle méritos a su carrera, pero sin inflarla, ¿me pueden explicar a cuenta de qué recibió tratamiento especial para su cáncer?
¿Cuántos mexicanos igual de valiosos deben acudir a malatenderse en el IMSS o en el ISSSTE, si bien les va, con médicos y enfermeras deshumanizados que sólo están pensando cómo defender sus "conquistas sindicales"?
No entiendo a cuenta de qué lo llevaron al hospital en el avión de Presidencia y menos me explico por qué no mejor se usan esos recursos para ayudar a más gente y no sólo para unos privilegiados.
¿Me explican, por favor, a cuento de qué se fue a curar a Estados Unidos y a cuenta de qué su familia recibió una millonaria suma sólo porque el señor de presentó dos veces, si acaso, en la Cámara de Senadores, cuando hay gente que, con toda una vida de trabajo, no recibe ni chicles al retirarse?

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En febrero de 2007, Panchavín empezó a sentirse mal; para los últimos días de ese mes, había bajado tanto de peso que espantaba. Porque pudo, pagó los primeros estudios en un hospital privado en Cuernavaca. Allí detectaron el tumor y eso nos permitió tomar decisiones y venir al Ángeles del Pedregal a recibir parte del tratamiento.
Después conocimos al doctor Munguía y allí siguió el tratamiento.
Panchavín tenía seguro de gastos médicos mayores y seguro social, aun así hubo que pagar mucho dinero de medicinas y atención...
Al final, Panchavín prefirió el IMSS, donde la atención era verdaderamente burocrática y cada cita significaba horas de espera y pláticas de los doctores como si el paciente no existiera, como si fuera un objeto al que no hay que tenerle consideraciones.
Entre todas las donaciones de sangre requeridas, Luis estuvo allí siempre.
Fue el primero en donar en el hospital Ángeles, fue el último en donar en el IMSS.

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Luis empezó a sentirse mal de lo que parecía una indigestión marca diablo... que nunca mejoró.
Al más puro estilo de un excelente  trabajador independiente, Luis cobraba por palabra hablada, por doblaje... casi casi que por horas... y además tenía que pagar impuestos.
No le gustaba la alopatía, así que al principio optó por acudir a médicos tradicionales que le decían que "tenía frío el baso", cualquier cosa que quiera decir, y con unos mejunjes extraños "se lo calentaban". Recuperaba la salud unos días, o eso parecía, y luego volvía a sentirse enfermo.
Incluso se volvió blanco de bromas porque ni caldito de pollo podía comer, y cuando hasta el pollo te hace daño, decíamos...
La broma se perdió cuando cambió de color y se puso verde. Su familia entonces se preocupó, nosotros también, porque había perdido mucho peso y comenzaba a parecerse peligrosamente a mi papá, pero no tenía seguro médico, no tenía seguridad social y no tenía dinero porque no podía trabajar.
Afortunadamente sus buenos amigos hicieron una ronchita y no sé cómo terminó en el seguro social, donde lo trataron como si fuera ciudadano de tercera y no le hicieron nada, porque no tenían el reactivo, porque la máquina no servía, porque no habían llegado las refacciones para lo que fuera...
Sólo cuando se murió los médicos dieron un diagnóstico, antes, se dedicaron a confundir expedientes, a decirle que era una bacteria, que era del hígado, que era cualquier cosa menos el cáncer en el duodeno que terminó por reventarlo y desangrarlo en medio de un dolor tremendo...

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Han pasado más de dos años de la muerte de mi papá y aún lo extraño...
Han pasado 5 meses y medio de la muerte de Luis y a veces sueño con él, sueño que está vivo y que platicamos de cómo se siente...
Ambos, Luis y Panchavín, son hombres que quise mucho; ambos fueron hombres honestos con defectos como cualquiera otro y ambos enfrentaron dos problemas: su propia desidia y el aparato burocrático del sistema de salud, que no toma en cuenta que todos pagamos para que ellos cobren un sueldo... Ambos, para mí, en mi corazón, son seres humanos de primera...
Lujambio perdió todo mi respeto como ser humano por aceptar un trato diferente, por no tomar el mismo camino que la mayoría de los mexicanos que debemos ir a la seguridad social del Estado, si bien nos va, si tenemos prestaciones y si podemos pagar medicinas...
Todo esto sólo me recuerda lo que ya sabía: las leyes afirman que tenemos derecho a la salud y pagamos por ello, pero si quieres tener atención real, debes pagar extra...
La ley dice que tenemos derecho a la educación, pero de baja calidad, porque si quieres un poco más, debes pagar extra...
La ley dice que tenemos derecho a la vivienda, pero sólo si pagamos extra...
Pagamos tenencia o derecho vehicular, pero si queremos circular por algunas vías, tendremos que pagar extra, porque lo que dice la ley no aplica en la vida real...
Porque este país se ha dedicado a dejar claro que hay ciudadanos de primera, de segunda y de tercera... Y vamos viendo quién da más...

miércoles, 17 de octubre de 2012

Voces y rostros

Segura estoy que recuerdan líneas, si no parlamentos enteros de algunas series o caricaturas de su niñez. Hay personajes que nos marcan, frases que se vuelven casi una rúbrica en nuestra vida y que repetimos sin cesar y casi sin darnos cuenta de que la voz que escuchamos en nuestro personaje favorito no es, ni de cerca, la original.
Por ejemplo, en Estados Unidos, Piolín tiene frenillo y Silvestre habla con la voz normal, acá no entenderíamos a Silvestre sin salpicar saliva; en Don Gato y su Pandilla, el doblaje fue tan significativo que la serie tuvo éxito acá y se repitieron los únicos 13 capítulos existentes hasta el cansancio, mientras en Estados Unidos no pasó nada con esos adorables gatos, pero nadie podría imaginar que la chillona voz que Jorge Arvizu le dio a Benito B.Bodoque, en inglés es una voz engolada, grave, como de galán conquistador. El tono yucateco de Cucho en inglés no existe y el chocolomo no se menciona ni una sola vez. 
Otro excelente actor de la escena que le ha prestado su voz a personajes inolvidables es Sergio de Bustamente, quien se subió en el tren de darle una identidad en castellano a la serie Señorita Cometa o de Ultramán y Ultraseven. Seguro lo recuerdan como John Robinson (Guy Williams), de Perdidos en el Espacio; Buck Cannon (Cameron Mitchell), de El Gran Chaparral; el capitán Lee Crane (David Hedison), de Viaje al fondo del mar o el capitán Taylor, alias Charlton Heston de El planeta de los simios.
Y no podemos olvidar al querido Víctor Trujillo, que antes de ponerse la peluca verde, mucho antes, hizo la voz de León O en los Thundercats, también fue Barry Hawk, el narrador en Gordian El Guerrero (Toshi Gordian Gordian Warrior) y ya mucho después hizo las delicias de chicos y grandes como James B. Sullivan, Sully, pues, en Monsters Inc., entre muchos otros adorables y memorables personajes. 
En fin, que el doblaje de voz es mucho más que sincronía y una “buena voz”. Los profesionales de este difícil oficio hacen suyo un personaje que desconocen, reinterpretan cada tono y sentimiento del personaje en la pantalla y le dan vida propia, adaptándolo a la región donde se les pide que hagan el trabajo. Deben darle ritmo de los diálogos, como si estuvieran bailando con una pareja que no conocen, por primera vez, con la idea de ganarse un premio. 
Y si alguien cree que cualquiera puede hacer este trabajo, pregúntenle a Héctor Bonilla o a José Alonso, dos excelentes profesionales de la escena que no supieron qué y cómo hacer delante del atril cuando les llegó el momento y pidieron ayuda elemental de nuestros actores de doblaje, porque eso sí, en Estados Unidos harán las series de televisión y nos burlaremos mucho del doblaje de España, pero en México tenemos a los mejores actores de doblaje del mundo. 
Así que, la próxima vez que vean una película o una serie doblada al español, pregúntense de quién es la voz que están oyendo y traten de ponerle un rostro. Les aseguro que si pudieran verlos, se llevarían una auténtica sorpresa.
Este textote, que quizá muy pocos leerán y que yo estoy reciclando, es un homenaje a Luis Alfonso Padilla, querido amigo que hizo, entre otras, todas las voces de Jim Carrey en Lemonny Snicket y que este mayo de 2012 nos dejó colgados con harto amor y amistad para darle. 
Se fue dos años después que mi papá y nos movió todos los recuerdos, porque se fue de manera muy similar... 
Vaya, pues, para el querido Luis...