domingo, 14 de abril de 2013

Exceso de equipaje

Algunos domingos mi primer parada matutina está en el panteón Jardín. Allí está enterrada mi abuela Trinidad, allí están enterrados los abuelos de mi marido; allí quedaron muchas mañanas de mi infancia, con el carro cargado de cubetas, escobas, herramientas de jardinería, mis papás y mi tía Magaly.

Entonces nosotros nos encargábamos de arreglar la tierra, de poner plantas, de regar y limpiar alrededor; también pasábamos brevemente a ver la tumba de la Tía Maclovia, cerca de una llave y aledaña a una jacaranda.

Muchas cosas han cambiado: hoy no cargamos el carro de cubetas, escobas y herramientas de jardinería, porque alguien más nos ayuda a mantener la tumba linda, hace mucho que no nos detenemos a regar la tumba de la Tía Maclovia y ahora visitamos la tumba de los abuelos maternos del Dr. Sty.

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Cuando llegábamos al panteón, después de regar y arreglar, mi papá solía sentarse en una tumba aledaña y mirar con nostalgia la tierra donde reposan los restos de mi abuela, de su madre. Siempre me contaba alguna anécdota y me iba llenando de recuerdos: los de él y los míos.

Ahora las historias me las cuenta mi mamá: cómo se conocieron, cuánto tiempo convivió con mi abuela, las cosas que hacía para quedar bien con la futura suegra. Sigo llenándome de recuerdos y voy acomodándolos en una cajonera interior que regularmente se queda en paz y no hace mucho ruido.

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En poco más de dos semanas se cumple un aniversario más de la muerte de mi papá. Él es la principal razón por la que seguimos yendo a la tumba de la abuela y esas visitas son el disparador: los cajones de los recuerdos brincan; salen rostros, risas, canciones, pasos, colores, olores, texturas que me han acompañado.

Mis abuelos maternos se vuelven a mirarme; Maquetita y Donluis me pueblan de frases y no termino de entender por qué no voy a darme una vuelta allí donde están; las caras de Vicente y Joaquín, sus risas, sus voces, sus bailes, me asaltan y le pregunto qué habrá sido de sus familias, de mis primos...

La casa de la bisabuela María y los extraños últimos meses de su vida, las posadas con procesión y rosarios, los huesos que acomodaba sin clemencia en su lugar...

Todos los días escucho a Panchavín saliendo por mi boca, a don Leonardo en una frase... Todos los día pienso en Lucio chico aunque sea un rato pequeño al día...

Mis queridos recientes: mi suegra y su sonrisa traviesa; Teresa y sus chistes; Ernesto y su calidez en su casa; Godofredo y su profunda voz; Estela y su eterno dolor. Hasta Rossana Gabriela aparece en algún momento del día en estos días locos llenos de lo que he ido recolectando

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No sé por qué atesorar recuerdos, no sé si me hacen o me afirman o si los colecciono para llenarme de equipaje.

Un rabí me dijo un día que el alzheimer el la manera que tiene el alma de deshacerse de lo que no sirve. Aseguró que la gente que comienza a olvidar empieza a prepararse para irse, porque no se puede llegar al cielo con tanto peso en el espíritu.

Supongo que en un nivel espiritual esa explicación es un consuelo, pero no lo es para mí: no quiero olvidar, no quiero perder lo que me queda de mis queridos, no quiero que deje de brincar la cajonera cuando un acelerante los pone a tono para no dejarme ni a sol ni a sombra. No quisiera perderme en nada.

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Ya no regamos la tumba de la Tía Maclovia, una señora que para mí siempre fue foto que disparaba las anécdotas de mi papá, pero apenas fuimos a buscarla: allí sigue la llave del agua y allí sigue la jacaranda, pero el lugar es una sombra de tierra; sin cruz, sin asomo de que alguien recuerda a una mujer que dejó marca en la vida de muchos, porque sus más cercanos la olvidaron y la dejaron perderse. A ella sólo le queda la jacaranda, bendita jacaranda, que puebla su espacio de color violeta.

La vegetación de la tumba de mi abuela es verde, muy verde. Le pedimos a Oliver que le ponga un poco de color y nos mostró una propuesta. Sí, definitivamente un poco de rojo le hará bien, le dará una nueva cara y dejará claro que seguimos allí, que no vamos a dejarla sola, porque esos recuerdos no merecen perder el color, no tienen por qué volverse a blanco y negro y porque pretendo dejárselos a todo aquel que quiera tomarlos... ¿Quién se apunta?